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Capítulo IV

La decisión de salir al espacio exterior y alejarnos de nuestro planeta no fue nada fácil. Durante un año estuvimos orbitando la Tierra, estudiando distintas posibilidades. Desde el principio éramos conscientes de lo que teníamos que hacer, pero se hacía duro tomar la decisión de abandonar para siempre el único hogar que conocíamos y el único hogar que había conocido la humanidad desde su nacimiento. Al final comprendimos que la mejor solución era utilizar la Parinirvana para el fin que se había construido, viajar por toda la Galaxia.
El quince de febrero del año 2101 pusimos en marcha los reactores y marcamos el rumbo a la estrella más cercana al sistema solar, Próxima Centaury, a 4´2 años luz. Sabíamos que no existía ningún planeta que la orbitara, pero nos serviría de referencia, ya que desconocíamos la velocidad exacta que podía alcanzar la nave y las condiciones que nos encontraríamos fuera de nuestro sistema solar; todo era nuevo para nosotros.
Lo primero que pudimos comprobar con cierto alivio, fue que la radiación gamma constituye una fuente de energía excepcional, no sólo para alimentar los reactores, sino también para el consumo de toda la nave, que hasta el momento había sido suministrado por nuestro sol. No sabíamos con seguridad si al alejarnos de él podríamos mantener los mismos niveles de consumo ni por cuanto tiempo. Nos llevamos una grata sorpresa cuando comprobamos que los generadores gamma producían incluso más energía que las placas solares, y, de momento, lo digo cruzando los dedos, parece que es una fuente de energía inagotable, tal y como se había predicho.
Al mismo tiempo pusimos todos los radiotelescopios trabajando al cien por cien de su capacidad, cada uno buscando en un rincón distinto de la Galaxia, posibles sistemas planetarios hacia los que poner rumbo.
Al principio nos llevamos una gran decepción con la velocidad máxima que alcanzaban los reactores, unos escasos quinientos mil kilómetros por hora. Así nos llevaría siglos llegar a cualquier parte; pero conforme nos íbamos alejando del centro de gravedad del sistema solar, la velocidad fue aumentando considerablemente hasta alcanzar unos asombrosos diez mil kilómetros por segundo aproximadamente; esto ocurrió después de unos diez meses volando a través del sistema solar. Unos días antes habíamos dejado atrás Plutón, del que tomamos unas imágenes maravillosas; es curioso pensar que hace algunos años, los astrónomos de la Tierra hubieran dado lo que fuera por imágenes como éstas, y sin embargo ahora carecen de toda importancia para nosotros. Aun así, nuestros científicos han tomado el mayor número de datos posibles de los planetas del sistema solar y sus lunas a los que nos hemos aproximado; nunca se sabe y, pensándolo bien, independientemente de que sirvan o no para algo, ése es su trabajo y todos debemos mantenernos ocupados en algo.
Como iba diciendo, una vez que pasamos Plutón, la velocidad de la nave empezó a aumentar de forma brutal. Fueron momentos muy tensos; parecía que no iba a parar nunca de aumentar, y para colmo de males nos estábamos aproximando peligrosamente al cinturón de Kuiper, una densa nube de asteroides, muchos de los cuales tenían el tamaño suficiente como para desintegrarnos si nos cruzábamos en su camino.
Al final la velocidad se estabilizó en unos diez mil kilómetros por segundo y, una vez que nos adentramos en el cinturón de asteroides, comprobamos con alivio que las distancias que los separaban eran mayores de lo que parecía en un principio y, afortunadamente, el sistema de conducción automática de la nave disponía de dispositivos muy sofisticados que funcionaban a las mil maravillas.
De momento no hemos tenido ningún contratiempo serio, aunque en más de una ocasión hemos tenido que aguantar la respiración al pasar a pocos kilómetros de algunos asteroides gigantescos, y aún no podemos cantar victoria ya que nos encontramos inmersos en plena nube de Oort, el cinturón de asteroides que conforma los confines del sistema solar. Aquí los asteroides parecen más pequeños, pero de vez en cuando detectamos algunos bloques de hielo que podrían hacernos mucho daño en caso de una colisión. Y lo peor es que parece interminable, llevamos ya más de un año atravesándolo y nuestros telescopios no detectan su fin.
Siempre hemos sabido de la inmensidad del Universo, pero hasta ahora que nos encontramos inmersos en él no nos damos cuenta de que la realidad supera en mucho todo lo que habíamos imaginado. A pesar de la velocidad tan escalofriante a la que viajamos, jamás soñada por ningún ser humano, miramos por las ventanillas de la nave y da la impresión de que no nos movemos. Si no fuera por los asteroides con los que nos cruzamos de vez en cuando parecería que nos encontramos inmóviles en medio de la nada.
Los habitantes de la nave, por lo general, eludimos hablar del tema, pero todos sabemos que nunca más volveremos a pisar tierra firme; si la velocidad se mantiene, aún tardaríamos unos ciento veinticinco años en aproximarnos a Próxima Centaury, y ya sabemos que esta estrella no es orbitada por ningún planeta; es una de las estrellas más pequeñas que se conocen, con una masa diez veces menor que la de nuestro sol. A partir de ahí ni siquiera nos hemos planteado donde dirigirnos. Conocemos cientos de estrellas que poseen planetas a su alrededor, pero las distancias son tan enormes que nos da pereza incluso ponernos a pensar en ello; eso es algo que deberán de debatir nuestros hijos.
Aunque quién sabe, algún día nos dará por utilizar las cámaras de hibernación que posee la nave. De momento todos somos jóvenes y nadie quiere oír ni hablar de ello; ni siquiera sabemos si funcionarán correctamente, se trata de una tecnología muy novedosa y tan sólo se han hecho algunos experimentos con animales menores durante cortos espacios de tiempo. En la actualidad tenemos un par de cerdos hibernados desde hace dos años y sus constantes vitales parecen positivas; todo hace pensar que podrían seguir así durante muchos años, lo que no sabemos es como despertarán, si lo hacen algún día. La idea es dejarlos así el máximo tiempo posible, justo hasta cuando empecemos a plantearnos la hibernación de alguno de nosotros, y considerando que el mayor soy yo con cincuenta y ocho años y que aún me pueden quedar más de cincuenta o sesenta años de vida saludable, creo que esos dos cerdos van a dormir durante mucho tiempo; a no ser que se presente algún voluntario aburrido de la monótona vida en la nave. Por lo que a mí respecta, no pretendo en absoluto ser eterno; cuando mi tiempo expire, otros ocuparán mi lugar, como ha venido ocurriendo desde el principio de todos los tiempos en el Universo, donde cada fenómeno ha tenido, tiene y tendrá su lugar y su época donde existir y, una vez transcurrido éste, sólo queda lo desconocido. Cuando llegue mi hora, me sentiré orgulloso de contribuir a la continua transformación que se produce en la materia desde antes del nacimiento de todo lo conocido. Quién sabe, quizás algún día, ésta se vuelva a transformar en otra conciencia capaz de recordar todo lo hasta ahora acontecido.
Nadie sabe lo que nos deparará el futuro.

1 comentarios:

Encuentro lógico que al abandonar un entorno que consideramos seguro, porque le hemos dedicado miles de años a su exploración y captación de coordenadas, datos. ,mapas, condiciones de vida---- perdemos el sentimiento de pertenencia.
Estos viajeros lo van a tener más fácil pues la segunda generación, que ya habrá nacido en un espacio por descubrir, estará educada en nuevas pautas de conducta personal y social.

10 de enero de 2009, 13:35  

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