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Capítulo VI

A la mañana siguiente, Pet se presentó en la sala de control de radiotelescopios, como siempre sobre las diez. Pet no era muy madrugador, solía decir que para qué levantarse temprano si allí nunca había prisa para nada. Y lo cierto es que tenía razón, su trabajo era bastante monótono; era el encargado de uno de los cinco radiotelescopios. Su misión consistía en que éste funcionase correctamente, vigilando la parcela del espacio que le habían asignado, en busca de posibles sistemas solares a los que dirigirse.
Podría parecer un trabajo interesante, teniendo en cuenta que el objetivo de la Parinirvana era encontrar un planeta donde poder asentarse, pero la verdad es que después de dos mil años sin ningún resultado, era bastante desalentador.
Tan sólo en una ocasión, hacía unos novecientos cincuenta años, se localizó una estrella a la que se podía llegar en trescientos años y que era orbitada por algunos planetas con bastantes posibilidades. Pero en cuanto los radiotelescopios la tuvieron cerca, después de unos doscientos cincuenta años viajando hacia ella, pudieron comprobar con desilusión que ninguno de los planetas podían ser habitados. Desde entonces la nave se dirige hacia otra estrella escogida por su “cercanía”, a tan sólo unos setecientos cincuenta años de viaje por aquel entonces.
En la actualidad, la nave se encontraba bastante próxima a dicha estrella, aproximadamente a unos veinte años de viaje. Se habían estudiado varios planetas que la orbitaban, pero con resultado negativo; demasiado fríos y gaseosos, nada podría sobrevivir en ellos. Así que hoy tocaba decidir un nuevo rumbo para la Parinirvana; prometía ser un día interesante, o al menos no tan aburrido como de costumbre.

– Buenos días, Ayina; ¿qué tal por la galaxia hoy? –cinco años llevaba Pet trabajando con Ayina, su operadora de telescopio, y siempre el mismo saludo. Aunque esta vez la respuesta de su ayudante fue algo diferente.
– No te lo vas a creer, Pet. Creo que he localizado varios planetas más, cerca de esa estrella. Por los menos dos, aunque puede que hasta sean cuatro.
– Imposible. Ya habíamos rastreado todo el perímetro orbital cientos de veces sin ningún resultado.
– Mira –Ayina le hizo señas a Pet para que se acercase al monitor que tenía delante en el que se veían unos puntos alrededor de la estrella marcados en rojo–. Son muy pequeños, por eso no los habíamos visto antes, y el cinturón de asteroides que tienen delante nos confundió.
– Sí, ya veo –dijo Pet fijándose atentamente en la pantalla–. ¿Puedes obtener algún dato de ellos a esta distancia?
– Me temo que no mucho. Por su brillo parece que tienen alguna atmósfera, aunque bastante menos densas que las de sus hermanos mayores. Tendríamos que acercarnos más para poder obtener datos fiables.
– Para ello tendremos que adentrarnos en esa nube de asteroides que tenemos delante. No creo que al capitán le haga mucha gracia. Recuerda lo que insistió para que no nos acercásemos tanto.
– Sí, ya sé que nuestro capitán no se caracteriza precisamente por su arrojo y valentía –afirmó Ayina–. Pero habrá que decírselo, y que ellos decidan si les merece la pena o no.
– ¿Quieres decir que los de arriba aún no saben nada de esto?
– Pues claro que no ¿por quién me has tomado? –contestó Ayina fingiendo que estaba enojada–. Esa es tu misión. Ya sabes que yo nunca pasaría por encima tuya.
– Qué tontería –replicó Pet tranquilizándola–. Seguro que a ti te hacen más caso que a mí. Para ellos yo soy todavía el nuevo.
– No llores más y vete preparando los datos. En cuanto yo tenga la presentación lista avisamos a los demás.

Ayina, de cincuenta años, ocupaba el puesto de operadora de radiotelescopios desde hacía veintitrés. Pet llevaba cinco años con ella y nunca había conocido a nadie tan trabajadora y eficiente. No había un solo día que no se la encontrase en su puesto de trabajo a su llegada, y lo primero que hacía siempre es ponerle al día de las pocas novedades que hubiere. A pesar de todos sus años de experiencia con los radiotelescopios, tenía un gran sentido del respeto por la jerarquía y nunca haría nada sin consultarlo antes con su ingeniero jefe, aunque sabía de sobra que no era necesario. De hecho, Pet siempre le estaba reprochando medio en broma, que le preguntase tanto sabiendo ella ya la respuesta de antemano.

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