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Capítulo X

Nave Parinirvana
Ocho años después


– Señores, muy buenos días –comenzó diciendo el capitán Jorel. Se encontraba en la sala de reuniones frente al consejo de ancianos; a su lado estaba el recién ascendido a jefe de ingenieros de radiotelescopios, Pet–. Supongo que se estarán preguntando la razón de haberlos citado tan apresuradamente. Pues bien parece ser que por fin tenemos buenas noticias.

Hizo una pausa para crear más expectación.

– El equipo del jefe Pet –continuo diciendo– ha llegado a algunas conclusiones que parecen fiables referente a los resultados más recientes obtenidos de la exploración de esos misteriosos planetas a los que nos acercamos.

El capitán cedió la palabra con un gesto a Pet que comenzó su presentación señalando sobre un gran monitor que presidía la sala, en donde se podía ver la imagen de un pequeño planeta celeste en el centro de la pantalla.

– Buenos días a todos; fíjense bien en este pequeño planeta porque podría ser nuestro próximo hogar –el comentario arrancó en los presentes miembros del consejo gritos de alegría, aplausos y muchos comentarios. Todos querían preguntar algo al mismo tiempo al joven ingeniero que continuó con su charla–. Calma señores, déjenme continuar. No quisiera sembrar falsas esperanzas; aún nos tenemos que acercar mucho más para estar totalmente seguros.
» Les diré lo que hemos descubierto hasta ahora en nuestras exploraciones, y saquen sus propias conclusiones. El color azulado del planeta se debe a que su superficie está compuesta en su mayor parte por agua; agua líquida, sí. Además su atmósfera presenta grandes proporciones de oxígeno molecular.
» Si observan estas manchas blancas que aparecen en estas fotografías tomadas a intervalos de media hora –continuó Pet señalando distintas imágenes que aparecían en la pantalla–, verán como se mueven y se transforman; son nubes. Lo que nos hace pensar que tiene su climatología, con lluvias, vientos, etcétera, tal como la tenía nuestra antigua Tierra. Además, entre las nubes, se pueden apreciar algunas manchas oscuras que creemos que es tierra firme.
» Si a todo esto le unimos su tamaño y la distancia que lo separa de la estrella, creo que tenemos motivos más que suficientes para estar contentos, ¿no creen?
– ¿Qué tiempo piensas que será aún necesario para estar totalmente seguros, Pet? –preguntó Julia, que tras la muerte de Travis, tres años atrás, se había convertido en el miembro de más edad de la nave y portavoz del consejo.
– Calculamos que por lo menos dos años más –respondió Pet–. Tengan en cuenta que estamos a tan sólo cinco años de poder situarnos en su órbita; es lo más cerca que hemos estado jamás de un planeta, sin contar la Tierra, claro.
– Puede que necesitemos menos tiempo –le interrumpió el capitán.

Desde que murió Travis, el capitán Jorel había cogido más confianza en sí mismo; sin la presencia intimidadora de su antecesor, Jorel sentía que todo el peso de la nave caía sobre sus espaldas y, esta responsabilidad le había hecho madurar un poco, en beneficio de todos; aunque eso sí, sus decisiones seguían siendo muy prudentes y sin demasiado arrojo.

– Hace ahora unos dieciocho meses –continuó diciendo– notamos un progresivo aumento de la velocidad debido a la atracción gravitatoria de la estrella; y cuanto más nos acerquemos mayor será. Tanto es así que le hemos estado restando potencia a los reactores para compensar. No debemos precipitarnos mientras estemos inmersos en este campo de asteroides; una vez que nos libremos de ellos podremos aumentar la velocidad considerablemente para acercarnos a ese planeta. Eso si fuera necesario, claro.
– ¿Y cuándo calculamos que ocurrirá eso, Jorel? –volvió a preguntar Julia.
– De veinticuatro a dieciocho meses más o menos. Aunque les advierto que antes de llegar a ese planeta hay otro pequeño cinturón de asteroides y, aunque no es muy denso, hemos detectado algunos de ellos de un tamaño considerable como para hacernos mucho daño. Espero que merezca la pena el riesgo que estamos corriendo.
– Jefe Pet –intervino otro de los miembros del consejo–, ¿y qué hay del gran parecido de este sistema planetario con el antiguo sistema solar del que partimos? Incluso ese planeta al que nos dirigimos posee una luna igual que la Tierra. ¿Estamos completamente seguros de que esa estrella no es nuestro sol y ese planeta, la Tierra?
– Bueno, si fuera así el funcionamiento de nuestro sistema de navegación dejaría mucho que desear –comenzó diciendo Pet–. Pero tiene usted razón, las similitudes con el sistema solar que abandonamos hace más de dos mil años son extraordinarias; el número de planetas, su distribución, tamaños; la estrella, incluso también tiene el mismo tamaño que el sol y son de la misma edad más o menos.
» Hemos analizado todos estos datos y hemos hallado pequeñas diferencias, pero también importantes, sobre todo en sus órbitas, que nos aseguran que no se trata de la Tierra. Por ejemplo, el satélite que orbita al planeta, aunque coincide en tamaño con la luna, se encuentra más alejado del planeta. Sabemos que la luna se alejaba unos cuatro centímetros de la Tierra por año; pero después de dos mil ocho años no debería de estar a esa distancia, ni hay motivos para pensar que se halla podido alejar tanto.
– Podría ser –dijo un miembro del consejo– que el Universo no sea tan variado como pensábamos y que existan muchas posibilidades de que dos estrellas del mismo tamaño y edad formen sistemas planetarios parecidos.
– En cualquier caso podemos considerarnos muy afortunados –volvió a intervenir Julia–. Antes de acabar quisiera pedirles a todos un poco de discreción; como ha dicho Pet, aún no podemos lanzar las campanas al vuelo, y no quisiera crear falsas expectativas entre la población. Aunque creo que eso será inevitable.
– Un poco de esperanza nunca le viene mal a nadie, Julia –comentó Isaac mientras todos se levantaban de la mesa. Isaac, con ciento diez años era uno de los miembros más jóvenes del consejo–. Además, como bien has dicho, será inevitable. Ya sabes lo difícil que resulta en esta nave guardar un secreto; seguro que a estas alturas la mitad de la gente sabe ya tanto o más que nosotros.
– Tienes razón –contestó Julia con una sonrisa–, unos cuantos años de esperanza nos sentará bien a todos. Ojalá se cumplan; sería maravilloso acabar nuestros días en tierra firme.

Una vez terminada la reunión, Pet salió corriendo y muy enfadado y se dirigió hacia la sala de control. Allí se encontraba su amigo Jonás trabajando.

– Oye, contéstame sinceramente –le interrumpió sin siquiera saludarlo antes– ¿tú sabías que llevamos dieciocho meses frenando la nave?
– Cálmate amigo –contestó Jonás sorprendido– ¿Qué ocurre?, ¿Qué ha pasado en esa reunión para que salgas así?
– No te hagas el tonto. El capitán ha dicho que llevamos un año y medio reduciendo la potencia de los reactores y quiero saber si tú lo sabías y por qué nadie me ha dicho nada.
– Pues claro que lo sabía; aquí todos lo sabíamos, no es ningún secreto. Si no te he dicho nada es porque no lo creí importante. No entiendo a qué viene todo esto.
– ¿Qué no lo creíste importante? –respondió Pet aún más alterado–. El que no lo entiende soy yo. O sea que llevamos más de dos mil años buscando un planeta donde vivir y, cuando por fin encontramos uno con muchas posibilidades, parece que nadie quiere llegar. Y ya puesto por qué no nos damos media vuelta y nos olvidamos de todo.
– Tranquilízate Pet. Yo tengo tantas ganas de llegar como tú, pero no creo que sea para tanto; ya conoces al capitán, se ahoga en un vaso de agua; en cuanto le dijimos que se estaba incrementando la velocidad a causa de la atracción gravitatoria, nos ordenó que redujéramos la potencia para mantener la velocidad. Dijo que no quería correr más riesgos que los justamente necesarios.
» ¿Qué íbamos a hacer? Él es el que manda ¿no? Además, tampoco le dimos tanta importancia, sinceramente. Llevamos viviendo aquí toda nuestra vida; por uno o dos años más no creo que nos ocurra nada. No entiendo el por qué de tanto ajetreo.
– Lo que ocurre –contestó Pet algo más calmado– es que en el fondo, todos pensáis igual que el capitán. Estáis bien como estáis y no os importaría nada pasar en esta nave el resto de vuestra vida.
– Eso no es justo, amigo, y tú sabes que no es verdad. Pero no debemos precipitarnos. ¿Qué ocurrirá si al final resulta que no podemos habitar ese planeta? Yo te lo diré: no ocurrirá nada; nos daremos media vuelta y nos iremos por donde hemos venido. Y nuestras vidas seguirán adelante; insulsas, monótonas y aburridas, pero, al fin y al cabo la única vida que tenemos, y cuanto antes te conciencies de ello, será mejor para ti, o lo pasarás muy mal llegado el momento.
– Pues cuanto antes lleguemos a ese dichoso planeta, antes llegará ese momento, ¿no crees? –respondió Pet marchándose, no sin antes decir con gesto amenazador–; y ya me encargaré yo de que este trasto vuele a toda máquina en cuanto salgamos de estos asteroides.

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