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Capítulo XVIII

Pet, Elena y su hija Eli habían quedado esa tarde con sus amigos Jonás y Judith en el apartamento de éstos. Ambos tenían un hijo, Earl, de la misma edad que Eli y compañeros en el colegio. Judith trabajaba como bióloga en los cultivos y su marido, además de astronauta, se estaba preparando en la actualidad para pilotar uno de los transbordadores para cuando llegase el caso, que todos daban por echo que sería muy pronto. Jonás había querido reunirse con Pet porque pensaba que éste sabía algo más sobre el nuevo descubrimiento de lo que se había publicado.

– Te equivocas –contestó Pet a su amigo cuando éste le interrogó–. Te puedo asegurar que si supiese algo más te lo diría. Todo lo que sabemos es lo que dijo el capitán esta mañana; el consejo quiso que así fuera y no hay ningún motivo para ocultar nada.
– No es que dude de ti, Pet –continuó Jonás–, sé que tú no me ocultarías algo así. Pero es que me cuesta trabajo creer que, con los telescopios tan potentes que tenemos, sólo se hayan podido captar esas imágenes. Esa gente debe vivir en algún sitio, ¿dónde están sus casas? También deben cazar o recolectar comida, y no creo que sepan que estamos aquí arriba vigilándoles, así que por qué esconderse.
– Ten paciencia, amigo –prosiguió Pet–, aún es pronto para averiguar todo eso, pero lo haremos, te lo puedo asegurar. Hasta ahora nos habíamos dedicado a hacer unos barridos muy generalizados por toda la superficie; reconozco que movidos por las prisas de terminar cuantos antes para poder bajar ahí abajo. Se puede decir que los hemos descubierto casi por casualidad.
» Pero ahora todo ha cambiado; los telescopios están explorando la superficie casi centímetro a centímetro. Es cuestión de tiempo que los veamos con mayor detalle.
– ¿Y por qué no se envía a algún robot a ese bosque? Se podrían obtener mejores imágenes –preguntó Jonás.
– ¡No, eso no se debe hacer de ninguna manera! –saltó Elena antes de que Pet pudiera contestar–. No sabemos nada de esa gente, no podemos arriesgarnos a introducir un elemento extraño desconocido para ellos en su hábitat. Imagínate como reaccionarían al ver uno de nuestros robots. Para ellos sería una amenaza, y se pondrían en alerta sin necesidad.
» Mientras no sepamos algo más sobre ellos, debemos dejarlos tranquilos, que sigan viviendo como lo han hecho hasta ahora. Es la única forma de conocer cómo son realmente.
– Sí, más o menos es lo que habíamos pensado nosotros también –contestó Pet–. De todas formas es posible que existan otros grupos en alguna otra parte del planeta y acaben descubriendo a alguno de los robots. De momento no se puede descartar nada.
– ¿Os dais cuenta de lo que significa todo esto? –inquirió Judith pensativa–. En dos planetas con características similares como son la Tierra y éste, la evolución ha seguido caminos paralelos llegando a desarrollarse seres también similares. Esto contrasta totalmente con la teoría de Darwin en la que todos creemos, y que dice que somos el fruto de millones de casualidades producidas durante el transcurso de la evolución.
» Sería imposible que se dieran las mismas casualidades dos veces en planetas distintos. Debe de haber algo más que a todos los científicos se nos ha escapado; y este planeta es nuestra oportunidad para descubrirlo. ¿Os imagináis? Por fin podríamos dar respuesta a los grandes enigmas de la humanidad, el origen de la vida y de la conciencia humana.
– Tranquilízate Judith –se apresuró a decir Pet–; creo que te estás dejando llevar demasiado por la imaginación. Aún no sabemos nada de esa gente; ni sus datos genéticos, ni de donde proceden, ni nada de nada, ni siquiera si son inteligentes o no.
– ¡Eso es lo de menos, qué más da que sus moléculas sean dextrógiras o levógiras! –le replicó Judith–. Tú los has visto como yo, ¡son como nosotros! Y no sólo se trata de ellos, también están los animales; hemos visto roedores, insectos, herbívoros, carnívoros, peces de todo tipo y plantas y árboles. Todo igual que en la Tierra, con muy pocas diferencias. Todo esto cuestiona enormemente las teorías que teníamos hasta ahora sobre la evolución.
– A ver si al final va a resultar que Dios existe –intervino Jonás con cierta ironía–. Y después del desastre de la Tierra, ha creado otro paraíso. Será mejor que bajemos cuanto antes para avisarles de que no coman del árbol prohibido.
– Ja, ja, tú ríete que irás derecho al infierno –contestó Judith siguiéndole el juego.
– Muy agudo, Jonás –dijo Elena también riendo–, pero creo que tu mujer tiene razón. Aunque me parece que aún es pronto para sacar conclusiones, no podemos negar que todo esto es muy extraño. Quizás muy pronto tengamos que rescribir muchas de las teorías que hasta ahora hemos dado por buenas. No sería la primera vez que eso ocurre; la teoría del Universo geocéntrico estuvo vigente hasta los siglos XVII y XVIII y la del creacionismo, hasta Darwin en el siglo XIX, nadie la había cuestionado; incluso en el XXI seguían existiendo muchos partidarios del creacionismo todavía.
– Sí, y además –intervino Pet– sería muy presuntuoso por nuestra parte el pensar que ya lo sabemos todo o que estamos en posesión de toda la verdad. Puede que este planeta nos enseñe una buena lección.
– Supongamos por un momento que son inteligentes –volvió a decir Judith–. ¿Qué creéis que pensaran de nosotros si nos ven bajar del cielo en nuestros transbordadores?, ¿creerán que somos dioses o algo así?
– Eso estaría bien –bromeó Jonás–; como yo seré el primero en bajar, me puedo convertir en su Dios supremo y hacerlos trabajar para mí. Creo que me podría acostumbrar a vivir así sin problemas. ¿Te apuntas, Pet? A ti te podría nombrar dios de algo, no sé..., del mar o de los árboles, lo que tú elijas.
– No seas bruto –le reprendió Elena–. Precisamente eso sería lo último que deberíamos hacer; dejar que nos vean bajar volando. Sabe dios cual sería su reacción.
» Lo que tendríamos que hacer, llegado el caso, es aterrizar en algún lugar aislado e intentar mezclarnos entre ellos de igual a igual y muy poco a poco, con mucha precaución y cautela. Sería la única forma de conocer cómo son, si son inteligentes, hostiles, cómo se organizan, etcétera.
– Exacto –continuó Pet–, y una vez bien integrados entre ellos ya habrá tiempo de enseñarles todos nuestros conocimientos.
– O de aprender de ellos –puntualizó Judith–. No olvides que están en su casa, y para nosotros, ese planeta es un lugar extraño y desconocido.
– ¿Y qué pasa si son hostiles e intentan matarnos? –preguntó Jonás–. Tendríamos derecho a defendernos, ¿no?
– Sin son hostiles será porque nos ven como una amenaza –respondió Elena–. Lo más inteligente en ese caso sería dejarles en paz y marcharnos a otra zona deshabitada.
– Sí, de esa forma, si son seres racionales, con el tiempo, se darían cuenta de que no suponemos ningún peligro para ellos y dejarían de ser hostiles –sugirió Judith.
» Lo que nunca debemos hacer es enfrentarnos a ellos ya que ese planeta es su hogar, allí los forasteros somos nosotros, y porque seamos más fuertes o más inteligentes (aunque eso está por ver), no tenemos ningún derecho a molestarlos si no quieren ser molestados.
– En ese planeta hay sitio de sobra para que podamos vivir todos –intervino Jonás–, ya sea juntos o por separado. De todas formas me hacía ilusión lo de hacerme pasar por un dios.
– Pues no te hagas ilusiones –le dijo su mujer–, en cuanto te conocieran un poco, más que por un dios, te tomarían por el demonio y te quemarían en la hoguera, y si no ya me encargaría yo de convencerles.

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