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Capítulo XXVII

Después de una semana de mucho trabajo, por fin llegó el día esperado por todos, el día de tomar decisiones importantes; decisiones que podrían cambiar el destino de la humanidad para siempre. La sala estaba repleta; allí se encontraban el consejo de ancianos al completo, todo el equipo de ingenieros con el capitán Jorel al frente y algunas personas que quisieron presenciar el debate, entre ellas, Elena, que tenía su discurso preparado y, minutos antes, le había pedido a Julia que la dejase intervenir antes de tomar ninguna decisión.

– Bien, será mejor que comencemos cuanto antes, hay varios temas que tratar y no conviene perder el tiempo –comenzó diciendo el capitán–. Como sabéis, ya tenemos todo listo para poder realizar el primer vuelo de exploración al planeta, pero hay algunas cuestiones en las que no hemos podido ponernos de acuerdo; ese es el motivo de esta asamblea.
» Principalmente son dos los problemas con los que nos hemos topado. En primer lugar está el lugar de aterrizaje; si queremos convivir con los únicos habitantes que conocemos del planeta tendremos que aterrizar delante de ellos, a la vista de todos. La otra opción sería hacerlo al otro lado de la cordillera, en cualquier otro lugar habitable, donde estaríamos solos y puede que jamás nos encontrásemos con ellos debido a lo infranqueable de su territorio; a mi parecer, eso sería una lástima.
» El segundo punto a decidir es el número de personas que deben ir en la nave. Algunos opinamos que no merece la pena arriesgar tantas vidas, y por eso queremos que bajen sólo los imprescindibles para una exploración sobre el terreno. Sin embargo, otros creen que es mejor aprovechar el transbordador al máximo, arriesgando la vida de hasta cincuenta personas.
– Capitán, por favor –se apresuró a interrumpirle Pet visiblemente molesto por la presentación que éste había hecho–. Eso no es justo, está intentando influenciar la decisión del consejo. Usted sabe que está exagerando y no está siendo nada objetivo. Con los datos que tenemos del planeta, el riesgo es mínimo y todos conocemos el resultado de la votación, hasta trescientas ochenta personas desean bajar, y puede que el número aumente después de la primera expedición; no podemos desperdiciar ninguna plaza.
– También puede que ese número baje –replicó Jorel–; eso no lo podemos asegurar. Ante la duda, lo más sensato es actuar con precaución.
– Pero hay voluntarios de sobra para viajar en ese vuelo –volvió a insistir Pet–, y todos conocemos los riesgos y los aceptamos. Tenemos derecho a decidir por nosotros mismos lo que queremos hacer con nuestras vidas.
– Como capitán de la nave soy responsable de la vida de todos y cada uno de sus tripulantes. No estoy dispuesto a arriesgar más vidas de las imprescindibles por una cabezonería.
– ¡Caballeros, por favor, basta ya! –exclamó Julia mostrando su irritación ante aquella discusión–. Ya sabemos lo que opináis cada uno y, precisamente por eso estamos aquí, creo recordar.
» A partir de ahora nosotros haremos las preguntas que tengamos para conocer mejor la situación y vosotros os limitaréis a contestarlas. Después procederemos con las votaciones y lo que se decida por mayoría se acatará por todos. No quiero más discusiones en esta sala, ¿entendido?
» Empezaremos por el tema del aterrizaje, yo misma tengo una duda. En caso de aterrizar junto a ellos, si se mostrasen agresivos, ¿tendríamos alguna forma de defendernos?
– Bueno –contestó uno de los ingenieros–, ya sabéis que aquí no disponemos de ningún tipo de arma de fuego, pero hemos fabricado todas las lanzas y arcos y flechas que hemos podido, no con la idea de luchar contra nadie, sino más bien para poder cazar animales, como lo hacen ellos. En el caso de una confrontación, ellos dispondrían de las mismas armas que nosotros.
– Con la diferencia de que ellos saben manejarlas –apuntó otro de los ingenieros–. Además de conocer mejor el terreno y la manera más segura de desenvolverse en él.
– Y si nos dirigimos hacia otro lugar –siguió otro de los miembros del consejo–, ¿qué posibilidades tendríamos de sobrevivir solos? Ninguno de nosotros sabe cazar, ni tampoco conocemos los alimentos que pueden ser comestibles o no.
Esta vez fue Pet quien respondió.
– Llevaríamos alimentos y agua para mantenernos durante varias semanas. Además hemos seleccionado varios lugares alternativos cercanos a algún río, donde la caza es abundante y existen pocos peligros. También hemos estudiado bien como lo hacen ellos y qué alimentos comen. Todos sabemos que la aclimatación no será fácil, pero creo que estamos preparados. Llevamos siglos entrenándonos para esto, no lo olviden.
– ¿Y cómo nos comunicaríamos con ellos si aterrizamos a su lado? –preguntó otro de los ancianos–. No conocemos su lenguaje.
– Eso no lo sabemos –contestó el capitán–. Tendríamos que improvisar sobre la marcha, dependiendo de su reacción. Pero no creo que eso suponga ningún problema, las relaciones multiculturales en la Tierra eran muy frecuentes y, que yo sepa, el lenguaje nunca supuso un obstáculo.
» Además les llevaríamos muchos regalos que les pueden resultar interesantes para mostrarles que vamos de buena fe; eso siempre es un buen comienzo.
– Pero si nos establecemos con esa gente –intervino un miembro del consejo–, nos veremos obligados a vivir en ese hábitat igual que ellos sin posibilidad de salir a explorar el resto del planeta; estaríamos prisioneros.
– Prisioneros en un paraíso, en cualquier caso –volvió a responder el capitán–. ¿Acaso no lo estamos ahora en esta nave y nadie se queja? Esa selva es enorme, hay espacio de sobra para instalar varios poblados más; es un lugar privilegiado e ideal para vivir. No encontraremos otro sitio mejor.
– En todo el tiempo que llevamos observando a esa gente –repuso unos de los ingenieros– no les hemos visto ninguna conducta violenta. Parecen personas civilizadas y muy amables los unos con los otros. No tenemos motivos para pensar que puedan querer hacernos daño.
– Hasta ahora no han visto peligrar su modo de vida –exclamó un anciano–. No podemos estar seguros de su reacción, podrían considerarnos invasores.
– Ante de continuar –intervino Julia–, Elena quería decirnos algo al respecto, ¿no es así, Elena?
– Sí, gracias Julia, intentaré ser breve. Todos conocéis ya mi opinión sobre este asunto, yo no soy partidaria de aterrizar entre esa gente. Como habéis comentado algunos, eso sería una invasión y, aunque en un principio no se mostrasen agresivos, nunca podría salir bien, tarde o temprano terminaría explotando la situación.
» Si estudiamos la historia de la Tierra siempre ha sido así. Si se muestran pacíficos los unos con los otros es porque entre ellos no existen diferencias, son todos iguales, provienen de la misma extirpe; pero eso no ocurriría con nosotros. Nosotros siempre seríamos diferentes, con el tiempo volvería a ocurrir lo que ha ocurrido siempre, un pueblo se hará más fuerte que el otro, surgirán los conflictos entre ambos y terminará dominándolo por la fuerza; y eso dando por hecho que nos acogiesen pacíficamente, que lo dudo.
» Mi opinión es que nos establezcamos en cualquiera de los otros lugares escogidos y fundemos nuestra propia civilización. Los dos pueblos saldríamos ganando, nosotros podremos extendernos por el planeta como se hizo en la Tierra, y ellos seguirán tranquilos y felices como hasta ahora. Recordad las palabras de la famosa fotógrafa del siglo XX Leni Riefenstahl: “Allí donde se despliega el lado oscuro de la civilización, la felicidad desaparece”.
» Esto lo dijo después de ver desaparecer varias tribus africanas tras la colonización del hombre moderno; y también fueron colonizaciones pacíficas.
» También quería comentarles algo sobre el número de personas que deberían bajar al planeta. Sobre eso tengo una opinión muy particular que puede que les sorprenda.
» Pienso que lo más sensato sería que en la nave se quedasen un número de habitantes suficientes como para poder establecer de nuevo una comunidad como la que tenemos ahora y, por supuesto, manteniendo todas las funciones de la Parinirvana a pleno rendimiento, con la idea de poder seguir viajando por el espacio en busca de otros planetas habitables. Si nosotros hemos llegado hasta aquí, en un futuro otras generaciones podrán hacer lo mismo en otros planetas, extendiéndose la raza humana por el Universo todo lo que nos sea posible.
» Creo que es nuestra obligación; incluso, quien sabe, puede que tengamos la oportunidad de llevar la vida a algún planeta donde no se conozca. Si está en nuestras manos y podemos hacerlo, como ya hemos demostrado, sería una insensatez por nuestra parte quedarnos aquí de brazos cruzados ¿no creen?
Un murmullo recorrió toda la sala. Se habría un nuevo dilema a discutir en el que nadie había pensado hasta ahora. La voz del capitán Jorel se elevó por encima del resto sin disimular el miedo que le daban las palabras de Elena.
– ¿Salir de nuevo al espacio exterior? –exclamó–, eso es una locura, con lo que nos ha costado llegar hasta aquí. Se supone que era esto lo que todos estábamos buscando ¿no? Pues ya está, ya lo hemos conseguido, disfrutémoslo. No pienso arriesgar de nuevo la vida de todos ahí fuera.
– Capitán, piénselo por un momento –salió Pet en defensa de su mujer–. Usted mismo ha declarado en muchas ocasiones su deseo de quedarse en la nave, así como muchos otros que tampoco quieren bajar. El riesgo que corren es el mismo orbitando este planeta que viajando por el espacio. Lo que dice Elena tiene mucho sentido.
– Un momento Pet –intervino en esta ocasión Jonás–, si hacemos eso tendríamos que dejar algunos transbordadores en la Parinirvana, con lo que el número de personas a bajar sería aún más limitado. ¿Cómo explicarles a mucha gente que tienen sus ilusiones puestas en ese planeta, que no pueden bajar, que deben quedarse a morir en esta nave para asegurar la propagación de la especie por todo el Universo? No seré yo quien lo haga, te lo puedo asegurar.
– Ya había pensado en eso –continuó Elena– y reconozco que esa sería la parte más difícil. No sé si la tripulación estará dispuesta a colaborar o no, pero creo que debemos intentarlo al menos. Yo me presento voluntaria para explicárselo a todos y, si es necesario, me quedaré en la nave para dar ejemplo.

A Pet se le cambió la cara después de oír eso. De repente todos sus planes futuros con Elena y Eli en ese planeta se fueron al traste. No podía creer que su mujer estuviera dispuesta a hacer semejante sacrificio por su especie. Antes de que pudiera reaccionar si quiera, intervino una anciana del consejo.

– Creo que estamos llevando la cosa demasiado lejos. Esta discusión no tiene sentido; el objetivo de la Parinirvana siempre ha sido el encontrar un planeta habitable en el que establecernos y ya lo hemos hecho. ¿Por qué tenemos que ir más lejos? En un futuro podríamos establecer una línea de contacto entre la nave y el planeta; sabemos que ahí abajo hay petróleo y también sabemos cómo utilizarlo, pues hagámoslo. Nos llevará tiempo y esfuerzo, por eso mismo interesa que bajen el mayor número de personas posibles. Creo que ese debe ser nuestro objetivo a partir de ahora.
– ¡No, no, no! –interrumpió Elena desesperada–, precisamente eso es lo que quería evitar. No podemos volver a cometer los mismos errores que en el pasado. Sabemos lo contaminante que es el petróleo, precisamente fue el causante de la degeneración del planeta Tierra, ¿cómo podéis pensar en utilizarlo otra vez?, ¿es que no habéis aprendido nada?
– Elena, estás exagerando la situación –intervino en esta ocasión el capitán–. El planeta Tierra se deterioró después de muchos años haciendo un uso masivo y descontrolado, no sólo del petróleo, sino también contribuyó la tala de árboles y la excesiva demografía, entre otras cosas.
» No creo que le hagamos mucho daño a este planeta sólo por hacer volar nuestros transbordadores de vez en cuando.
– ¿No lo entendéis?, ese sería sólo el principio. Sólo fueron necesarios menos de doscientos años para cambiar toda la climatología de la Tierra. Allí, al principio, también fue muy limitado su uso, pero con el tiempo, el crecimiento fue inevitable, como ocurrirá aquí.
» En la Tierra, el crecimiento de la población ocurrió de forma paralela al aumento de la producción del petróleo. Todos sabéis que este combustible fósil fue el motor que llevó a la humanidad a su destrucción en la Tierra. No estoy dispuesta a permitir que eso vuelva a ocurrir otra vez.

Tras un incómodo silencio en la sala y muchas cabezas mirando hacia abajo, fue Julia la que reanudó el debate.

– Bueno, parece ser que el tema se ha complicado un poco más de lo que esperábamos. Sinceramente, yo ya no sé ni lo que tenemos que votar siquiera; será mejor que hagamos un resumen para que nos aclaremos.
» No se ustedes, pero a mí lo que ha propuesto Elena me ha hecho pensar, así que creo que lo mejor será votar primero si queremos quedarnos en este planeta o debemos partir en busca de otros. Una vez decido esto, creo que lo demás será más sencillo.
– Julia, propongo que dejemos la votación para mañana –dijo un miembro del consejo–; así podremos reflexionar sobre todo esto con tranquilidad. Creo que a todos nos vendrá bien un descanso.
– Me parece bien –respondió Julia–. Nos veremos mañana a la misma hora. Primero nos reuniremos nosotros solos y, una vez que lleguemos a un acuerdo os lo haremos saber a través del capitán.

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