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Capítulo XXIX

Jonás y Judith esperaban ansiosos la llegada de sus amigos. Tenían algo muy importante que decirles, algo que seguramente cambiaría todo lo que se había acordado hasta ahora.
Judith había hecho algunas averiguaciones sobre la población de ese planeta, y tenía un argumento de peso que haría al consejo de ancianos replantearse de nuevo su decisión de mezclarse con ellos.

– Por fin habéis llegado –dijo Jonás visiblemente ansioso cuando vio entrar a Pet y Elena–. Creo que al final te vas a salir con la tuya, Elena. Mi mujer ha descubierto algo extraordinario sobre esa gente. Venid, entrad por aquí y ella misma os lo enseñará.
Los tres entraron en la habitación donde se encontraba Judith sentada frente al ordenador.
– ¿Qué ocurre Judith? –dijo Pet–; tu marido parece que está desesperado por enseñarnos algo.
– Sí, no os lo vais a creer –respondió ésta–. Llevaba tiempo investigando la manera en la que esta gente controlaban la población. En un principio creí que, al igual que ocurría en algunas tribus indígenas en la Tierra, sobre todo nómadas, lo hacían controlando su menstruación las mujeres.
» Estas tribus no podían permitirse durante determinados períodos del año, el tener que cargar con bebés recién nacidos o mujeres en avanzado estado de gestación, cuando el alimento escaseaba o tenían que desplazarse a otras zonas más productivas. Así que sus mujeres eran capaces de decidir cuando podían o no ser fértiles, al igual que hacían la mayoría de los animales del planeta los cuales tenían sus períodos de fertilidad, dependiendo de la época del año.
» Pero con esta gente no es así. He estado haciéndole seguimiento a varias mujeres embarazadas y he descubierto algo increíble. Parece ser que ellos dejan que el embarazo siga adelante durante los nueve meses que dura, más o menos igual que los nuestros, pero cuando llega el momento del parto, si no ha habido ninguna defunción previamente en ninguno de los poblados, matan al bebé. De esa forma, el número de habitantes es siempre el mismo.
Judith hizo una pausa esperando la reacción de sus amigos, que no se hizo esperar.
– ¡Pero eso es una salvajada! –exclamó Pet–. Pensé que eran más civilizados; nos han engañado a todos.
– Pues no creas que a mí me sorprende mucho –dijo Elena–. No me lo había planteado en ningún momento, pero ahora lo veo claro. Yo no creo que sea ninguna salvajada, se trata de supervivencia simplemente.
» Nosotros hacemos lo mismo, la diferencia está en que nosotros tenemos los medios adecuados para evitar el embarazo y ellos no, pero en el fondo es lo mismo. Pensarlo bien, no pueden multiplicarse sin control ya que su hábitat es limitado y, al mismo tiempo, tampoco pueden permitirse el lujo de reducir su número porque se necesitan los unos a los otros para sobrevivir.
» A mí me parece que el hecho de matar a sus hijos es un sacrificio digno de admiración. Demuestra lo que son capaces de hacer por el bien común de la especie.
– ¿Sabéis lo que eso significa? –dijo Jonás–. Si son capaces de hacer eso con sus propios hijos, qué no harán con unos extraños. No podemos caer sobre ellos sabiendo lo que sabemos.
– Y dime Judith –interrumpió Pet–, ¿tienes pruebas qué demuestren lo que has descubierto? Las necesitaremos si queremos convencer al consejo.
– Sí, mirad, he recopilado varias grabaciones –continuó Judith mostrando a sus compañeros unas imágenes en el monitor–. Fijaos en esta mujer, está en avanzado estado de gestación; aquí vemos como entra en su cabaña. Esta otra imagen está tomada un día y medio después; sale de la cabaña con toda su familia después de haber parido y mirad lo que lleva en sus brazos, es el bebé muerto. Entre todos lo llevan hasta las montañas y lo abandonan allí, a merced de los carroñeros.
– ¿Pero cómo podemos saber que el bebé no nació ya muerto, o murió en el parto? –interrumpió Jonás.
– Tranquilo, aún no he terminado –Judith siguió mostrando distintas grabaciones en el ordenador–. Tengo filmados hasta cuatro nacimientos con idénticos resultados en distintos poblados y otros dos en los que el bebé salió ileso. La diferencia está en que, antes de estos dos nacimientos hubo dos muertes, una de ellas fue un accidente, un joven cayó de un árbol mientras recolectaba su fruto; la segunda fue un anciano que, supongo, moriría de viejo.
» Veis, siempre hacen lo mismo, llevan los cadáveres a las montañas. Puede que sea casualidad, pero a mí no me lo parece.
– ¿Y no os parece un poco cruel abandonar sus cuerpos a la intemperie para que se lo coman los anímales salvajes? –preguntó Pet–. Yo creía que esa gente eran más humanas pero me están decepcionando por momentos.
– Tienes razón –continuó Jonás–. Si te fijas no parece que sientan pena alguna, ni siquiera por los pequeños.
– Yo no lo encuentro tan grave –dijo Judith–. ¿Qué diferencia hay entre enterrar un cadáver o dejarlo en un lugar apartado al aire libre? Por un lado lo dejas para que se lo coman los gusanos y las hormigas y por el otro, se lo comerán los buitres, hienas y otros carroñeros. ¿Por qué iban a ser mejores los unos que los otros? Seguramente ellos pensaran que de esa forma están colaborando en el mantenimiento de su entorno, del que tanto dependen.
– Yo creo que Judith tiene razón –prosiguió Elena–; ese comportamiento sólo demuestra su total adaptabilidad a su hábitat natural. Y la falta de sensibilidad que parecen mostrar ante la muerte de sus seres queridos puede que indique el grado tan alto de aceptación que tienen de algo tan natural como es la muerte, mucho mayor que el que nunca tuvieron en la Tierra ninguna civilización conocida.
» A mí, personalmente, me parece un comportamiento admirable. Creo que tenemos mucho que aprender de ellos.
– ¿Quieres decir que nosotros también tendremos que matar a nuestros hijos cuando estemos en ese planeta? –preguntó Jonás–. Yo por ahí no entro, lo siento mucho; seguro que hay alternativas mejores.
– No seas burro –le increpó su mujer–. Nosotros no necesitaremos hacer eso; pero para ello tendremos que establecernos en un lugar abierto, desde donde la especie se pueda extender por todo el planeta. Nos tendremos que olvidar de esa gente para siempre y dejarlos tranquilos.
– Al menos de momento –puntualizó Elena–. También el planeta es un espacio finito, aunque sea mucho mayor. Recordad que uno de los grandes problemas con que se enfrentaron en la Tierra fue el aumento descontrolado de la población, desencadenando una multitud de problemas secundarios, como la escasez de recursos o el aumento de la producción energética para poder abastecerlos a todos...
» Vale, vale, no me miréis así, ya sé que es pronto para preocuparme por esas cuestiones ahora, sólo estaba pensando en voz alta.
– Eso es algo de lo que se tendrán que preocupar las generaciones futuras –dijo Judith–. Nosotros ya hemos hecho bastante llegando hasta aquí.
– Bueno, dejémonos de historias –concluyó Pet–, hay que informar de todo esto al consejo de ancianos. Ahora mismo voy a llamar al capitán para que los convoque mañana a primera hora. Seguro que pensará que lo único que intento es salirme con la mía; se llevará una desagradable sorpresa.

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