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Capítulo XVII

Desde que lo ascendieran a jefe de ingenieros de radiotelescopios y, sobre todo, desde que comenzó la exploración del nuevo planeta, Pet se había vuelto una persona mucho más responsable, mostrando un gran interés por su trabajo. No sólo llegaba todos los días puntual al centro de mando, sino que también se encargaba de que el resto del equipo lo hiciera. Quería conocer ese planeta mejor que nadie y cuanto antes.
Se pasaba horas y horas, junto con los demás miembros del equipo, visionando imágenes, tomando muestras, contrastando datos; no quería que se le escapara ningún detalle, y con razón, ya que él era el encargado de decir al capitán y al consejo de ancianos cuándo se podía bajar a la superficie con total seguridad. Era mucha la responsabilidad que tenía, y sabía lo importante que era mantener la calma y no precipitarse; pero al mismo tiempo, tenía unas ganas enormes de poder pisar tierra firme. Por eso no podía perderse ningún detalle, quería ser el primero en enterarse de cualquier novedad por insignificante que ésta pudiera parecer.

Esa mañana, a primera hora, se encontraba en el centro de mando hablando con el capitán cuando recibió una llamada de Ayina pidiéndole que acudiera inmediatamente, tenía algo urgente que enseñarle.
Pet entró casi corriendo en el cubículo donde trabajaba su compañera; sabía que Ayina no lo haría venir por cualquier tontería y, por su tono de voz, parecía algo importante.

– ¿Qué ocurre Ayina?, ¿algo grave?
– Tranquilízate jefe, bastante nerviosa estoy yo por los dos. No te vas a creer lo que he visto –contestó Ayina manipulando el ordenador para mostrarle a Pet unas imágenes.
– No me asustes, a estas alturas no quiero ninguna sorpresa desagradable; no podría soportarlo.
– No sé si será desagradable o no, lo que sí sé es que esto va a cambiar muchas cosas. Estas son imágenes grabadas ayer por la tarde sobre las diecinueve horas. Juzga por ti mismo –dijo Ayina presionando el teclado para comenzar la reproducción de la grabación.

La imagen mostraba una playa desierta de arena blanca y fina; a los pocos metros se habría una inmensa selva tropical muy espesa. En ese momento, en la parte superior de la pantalla, se observa lo que parece una especie de pelota oscura salir rodando de entre la espesura de los árboles; seguidamente aparecen dos niños semidesnudos tras el objeto redondo, uno de ellos lo coge y vuelven a adentrarse en el bosque perdiéndose de vista bajo los árboles.

– Eso es todo –dijo Ayina parando la imagen.
– Dios mío –exclamó Pet perplejo después de unos segundos en silencio y sin poder apartar la mirada del monitor.
– He visionado todas las grabaciones anteriores y posteriores a ésta en esa misma zona –continuó diciendo Ayina tras ver como su jefe se había quedado sin palabras– y no aparece nada más. Además he fijado esas coordenadas en el telescopio. Mientras nos lo permita la rotación del planeta no perderemos detalle de lo que ocurra en ese punto.
– Un momento, un momento –acertó a decir Pet–. ¿Cómo es posible que no hallamos visto nada hasta ahora? Si hay gente viviendo ahí abajo es imposible que estén tan escondidas.
– ¿Has visto esa selva? –contestó su ayudante–. Es demasiado densa y cerrada. Ahí dentro podría ocultarse una manada de elefantes durante toda su vida sin que les viésemos. Además, todavía disponemos de muy pocas imágenes en este sector. Ahora que lo tenemos localizado y vigilado a diario, seguro que con un poco de paciencia, veremos algo más. Supongo que alguna vez saldrán a la playa a darse un baño, digo yo.
– ¿Hay posibilidad de mandar allí alguno de los robots? –preguntó Pet.
– El más cercano necesitaría unos seis meses para llegar a esa playa, y antes tendría que atravesar la cordillera que rodea la selva; no sé si sería capaz teniendo en cuenta la altura que tiene. De todas formas no creo que sea muy buena idea meter ahí uno de los robots, después de lo que hemos visto.
– Al capitán esto le va a encantar. Otro motivo más para retrasar la primera expedición al planeta. Prepara la grabación, vamos a reunirnos con él y con los demás inmediatamente. Se van a quedar atónitos cuando vean estas imágenes –concluyó Pet saliendo del cubículo.

Al poco rato, tanto Ayina como Pet, se encontraban en la sala de reuniones junto con el capitán Jorel y los demás miembros del equipo de radiotelescopios. En una de las paredes de la sala había una gran pantalla con la imagen congelada de los dos niños cogiendo el objeto redondo. Todos sin excepción miraban la fotografía con la boca abierta sin poder salir de su asombro.
Fue uno de los operadores el que rompió el silencio diciendo: “Eso redondo, ¿es una pelota?”

– Más bien parece un coco o alguna fruta similar. Al menos eso creo yo –le contestó Pet.
– Supongo que tendréis el telescopio fijo en esa zona –dijo el capitán.
– Sí, Ayina ya se ha encargado de eso –respondió de nuevo Pet–. El problema es que, debido a la rotación del planeta y la situación de la nave, sólo se podrán grabar unas seis horas de imágenes cada día. Propongo que nos situemos sobre ese punto y cambiemos la dirección de la nave para no perderlo de vista ni un momento, tanto de día como de noche.
– De hecho, de noche sería el mejor momento para grabar –intervino uno de los ingenieros–; si hay gente viviendo ahí abajo, como así parece, sería lógico pensar que al llegar la noche utilicen fuego o algún otro medio para iluminarse, y puede que sean más visibles.
– Así se hará –dijo el capitán–; en cuanto salga de aquí ordenaré situarnos sobre ese área. También quiero que nos turnemos para que haya al menos una persona las veinticuatro horas vigilando en directo toda esa selva; yo empezaré esta noche, al fin y al cabo tampoco puedo dormir mucho.
– Pero capitán –interrumpió Ayina–, si hay algún tipo de civilización en esa zona, no podemos descartar que haya más en otras partes del planeta. Hemos visto otras selvas parecidas, o quién sabe si viven también en las montañas, en el interior de cuevas y por eso no los hemos visto.
– Tienes razón –contestó el capitán pensativo–. Pero eso sólo serían suposiciones, mientras que en esta selva sí que sabemos con seguridad que existen, así que iremos primero a lo seguro, no le quitaremos ojo a ese sector como ya he dicho.
» Pero es verdad que no podemos descartar la opción de que existan más, por lo tanto destinaremos sólo dos telescopios a vigilar toda esa área; creo que serán suficientes. Los otros tres se encargaran de barrer el resto de esta cara del planeta. ¿Están de acuerdo?
– Sí –dijo otro de los ingenieros–, pero creo que sería conveniente hacerlo a la máxima resolución posible, aunque nos lleve más tiempo. Como ha dicho Ayina, podrían ocultarse en cualquier cueva o conjunto de árboles. Después de lo que hemos visto deberíamos de cambiar nuestro método de exploración, cualquier señal podría ser significativa, no sé, por ejemplo, restos de una hoguera o unas piedras colocadas en determinada posición; cualquier detalle podría ser importante.
Todos asintieron y uno de los operadores comentó:
– ¿Creen ustedes que serán salvajes?, por su aspecto no parecen muy civilizados.
– No te dejes llevar por su apariencia –contestó Pet–. Con la temperatura que hace ahí abajo, si nosotros estuviéramos allí, también iríamos igual de desnudos.
– Además, el hecho de que lleven puesto algo tapando sus partes más íntimas implica un grado de civilización –añadió otro de los operarios–. Desde aquí no se puede apreciar si sólo llevan puesto un taparrabos o alguna otra prenda más sofisticada.
– Pues ese será nuestro objetivo a partir de ahora –dijo el capitán–, averiguar todo lo que podamos sobre esa gente; hasta qué punto son civilizados, cuántos son, cómo viven, etcétera.
» Hasta que no lo sepamos todo sobre ellos no podemos arriesgarnos a bajar. Quién sabe cómo nos recibirían o si podrían contagiarnos enfermedades para nosotros desconocidas.
» Ahora mismo convocaré al consejo de ancianos para informarles de todo esto. Ya les comunicaré si hay algún cambio. Pet, acompáñame; y el resto, creo que tenéis trabajo, ¿no es así? Ni que decir tiene que quiero que me mantengan bien informado de todo lo que descubran por insignificante que les parezca.
– Un momento, capitán –interrumpió uno de los ingenieros–, ¿se van a mostrar estas imágenes al resto de la tripulación o cree que será mejor esperar?
– Es verdad –pensó Jorel–, de momento no digan nada a nadie, que sea el consejo el que decida sobre este tema.

Todos en el consejo de ancianos estuvieron de acuerdo en que se debería informar al resto de los habitantes de la Parinirvana de todo lo que se había descubierto, y mostrar las imágenes abiertamente. La política de la nave siempre había sido que todo el mundo debe de participar por igual en cualquier acontecimiento que sucediese, y ésta no iba a ser una excepción.
Así que, al día siguiente, a primera hora de la mañana, las imágenes fueron proyectadas por toda la nave y el capitán habló a todos anunciando el nuevo descubrimiento y cuales serían las actuaciones que habían decidido llevar a cabo.
La conmoción fue generalizada, como era de esperar; la existencia de seres humanos como ellos en ese planeta era algo que nadie esperaba y, en cualquier rincón de la nave, las mismas preguntas se repetían a cada momento, ¿serían inteligentes?, ¿qué grado de civilización tendrían?, ¿se mostrarían agresivos con ellos?, ¿podrían convivir juntos?

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