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Capítulo XXII

Como era ya habitual, en todas las clases de Elena se trataban temas relacionados con el nuevo planeta, con su próxima colonización, o bien con sus habitantes, de los que prácticamente se conocían todas sus costumbres.

– ¿Quién puede decirme a qué forma de gobierno de las que conocemos se asemeja más el estilo de vida de ese pueblo? –comenzó preguntando la profesora.
– Son como nosotros –contestó una alumna–. Parece ser que sus líderes son las personas más mayores, igual que aquí.
– Sí, y tampoco hay distinción de clases –continuó diciendo otro alumno–; todos son iguales. Trabajan todos para todos y se reparten los bienes según las necesidades.
– Lo que estáis describiendo –siguió hablando Elena– es el comunismo utópico promulgado por Karl Marx y Frederic Engels en el siglo XIX, y que años más tarde se intentaría llevar a la práctica en la antigua Unión Soviética.
» Os voy a leer un párrafo correspondiente al tercer Programa del Partido Comunista de la U.R.S.S., veréis como os suena de algo:
» “El comunismo es un régimen social sin clases, con la propiedad nacional única de los bienes de producción, una igualdad social total de todos los miembros de la sociedad en la que, al lado del desarrollo general de la gente, crecerán también las fuerzas de producción sobre la base de un desarrollo constante de la ciencia y de la técnica; en la que todas las fuentes de riqueza pública correrán plenamente y en la que se realizará el gran principio: `De cada uno según sus capacidades, a cada uno según sus necesidades`.
» El comunismo es una sociedad de trabajadores libres y conscientes, altamente organizada, en la que se establecerá la autogestión de la sociedad, en la que el trabajo para el bien de la sociedad será la primera necesidad vital comprendida por todos por su necesidad y en la que las capacidades de cada uno se utilizarán para el mayor bien del pueblo”.
» Este texto –continuó Elena– es casi una copia de la definición de comunismo dada por Marx en su `Crítica del Programa de Gotha`.
– ¿Por qué ha dicho que el comunismo se intentó llevar a la práctica en la Unión Soviética? –preguntó un muchacho–. Que yo sepa, este país fue comunista durante casi todo el siglo XX.
– Sí, y así es –respondió Elena–, pero si conoces la historia de ese país, y me costa que la conocéis, sabrás que el comunismo que impuso Lenin en 1919 no tiene nada que ver con el ideado por Marx años atrás. Su planteamiento ideológico sí sería el mismo, como se puede apreciar en el texto que os he leído, pero la práctica dista mucho de parecerse en algo. Y lo peor de todo fue que sentó las bases de lo que sería el comunismo en otros países más adelante, como China o Cuba, por nombrar algunos.
– ¿Y por qué funciona con nosotros y con los de ahí abajo y no pudo funcionar en la Tierra? –preguntó una chica–. Eso demuestra que no es tan utópico como usted ha dicho.
– Nosotros tenemos en común con los habitantes de ese planeta que somos una comunidad muy reducida y con un alto grado de socialización. Somos como somos porque nos han educado así desde hace mucho tiempo al igual que a esa gente; nadie nos ha impuesto esta forma de vida. Esa es la gran diferencia.
» Lenin, al igual que Mao Tse-Tung en China en los años cincuenta del siglo XX, trataron de imponer un régimen totalitario en una sociedad de millones de individuos, donde había gente pobre, ricos, trabajadores del campo, de la industria, etcétera. Existían ya muchas clases sociales que no se podían eliminar de la noche a la mañana.
» Además, una de la premisas del marxismo es la ausencia de gobierno, “Todo por el pueblo y para el pueblo”, cosa que no se da en estas circunstancias, ya que sí que existe un gobierno, o mejor dicho, un dictador rodeado de algunos seguidores, que son los integrantes del partido, y de un gran ejército, necesario para tener controlados y sometidos al resto de los ciudadanos.
» De esta forma, el pueblo ya no trabaja para el pueblo, sino para el gobierno y para el ejército, que serán los únicos que vivan más o menos bien. Y, si sobra algo, entonces se repartirá entre los trabajadores. Es cierto que se eliminan las clases sociales; ya no hay ricos ni pobres, sólo pobres, soldados y militantes del Partido Comunista, que son los que se convertirán en los nuevos burgueses, contradiciendo de nuevo la definición de comunismo dada por Marx.
– Eso quiere decir –interrumpió un muchacho– que si nos establecemos en ese planeta y nos multiplicamos como en la Tierra, será imposible seguir viviendo como lo hacemos ahora, ¿o cree usted que si nos esforzamos será posible?
– Bueno... –intentó responder Elena pensativa–, sinceramente creo que es muy difícil; es la propia esencia del ser humano la que lo hace imposible. Tarde o temprano surgirá en alguien el deseo de tener más que los demás o de tener más poder; la avaricia, la ambición, la envidia, son instintos que todos poseemos, en mayor o menor grado, sólo están esperando las condiciones adecuadas para que afloren a la superficie y dominen nuestra personalidad.
– Pues yo sigo sin entender por qué es tan complicado –dijo una alumna–. A esos humanos no creo que nadie les haya enseñado nada, y sin embargo parece que les va muy bien, al menos se les ve muy felices sin que nadie les diga lo que tienen o no tienen que hacer.
– Sí –continuó Elena–, seguramente los primeros homínidos de la Tierra también convivieron igual. Al principio la sociedad sólo era recolectora y cazadora, exactamente como ahí abajo. En primer lugar, la unión para cazar y recolectar alimentos les favorecía a todos ya que los hacía más fuertes, y eso por aquel entonces era imprescindible para la supervivencia de la especie.
» En segundo lugar, al no haber forma alguna de conservar los alimentos, no existían los excedentes. Todo se repartía para consumirlo al momento, de lo contrario se echarían a perder y no les serviría a nadie, era inútil intentar guardarlo para otro día, por tanto, todos poseían lo mismo, no había ricos ni pobres.
» Todo cambió con la aparición de la agricultura y la ganadería. El que el hombre aprendiese a cultivar la tierra y a domesticar animales trajo dos cosas consigo muy importantes. La primera era la posesión de una tierra propia y de unos animales también particulares de cada uno y con los que podía subsistir todo el año sin apenas ayuda de nadie, sólo de la familia. Y la segunda fue la creación de unos excedentes con los que poder negociar con otros propietarios. De esa forma empezó el comercio y la individualización, que llevó al hombre hasta los tiempos modernos.
– O sea, que si nos olvidamos de cosechar y de criar animales de granja y nos dedicamos sólo a cazar y a recolectar los frutos que da la tierra, podemos seguir como estamos. Así evitaríamos que unos fuesen más ricos que otros –dijo un muchacho de la primera fila.
– Ojalá fuera tan sencillo –le respondió la profesora–. Me temo que las cosas no son tan fáciles. No podemos olvidar de la noche a la mañana todo lo que sabemos, ni creo que fuese muy inteligente por nuestra parte. El problema aparecería cuando empezásemos a multiplicarnos; llegaría un momento en que acabaríamos con la caza, incluso exterminaríamos del todo algunas especies como ya ocurrió en el pasado. La agricultura y la ganadería son necesarias para una sociedad en expansión.
– Entonces la solución podría ser –interrumpió otra de las alumnas– limitar el número de habitantes exactamente como hacemos ahora. Es decir, seguir viviendo como lo hacemos aquí, pero en tierra firme.
– Esa podría ser una solución –continuó Elena–, pero no creo que durase mucho. Tarde o temprano nuestra naturaleza nos llevaría a hacer lo que haría cualquier especie en nuestro lugar, multiplicarse y conquistar el máximo posible de terreno. Si en esta nave hemos podido sobrevivir así es porque el hábitat es limitado. Es cuestión de supervivencia.
» Además, ¿de qué hubiera servido más de dos mil años viajando por el espacio en busca de un planeta donde establecerse si cuando lo encontramos tenemos que seguir con las mismas limitaciones? No tendría sentido.
» Y todavía hay más; seguro que ninguno de vosotros os habéis puesto a pensar en la cantidad de cosas a las que tendríamos que renunciar ahí abajo. Me refiero a cosas que ahora mismo nos parecen tan normales como por ejemplo el agua caliente, comer pan todos los días, gozar de una temperatura estable, un salón donde poder reunirnos para dar clases, etcétera, etcétera. Tendríamos que empezar de cero y trabajar muy duro, cosa a la que no estamos acostumbrados. Estoy segura de que muchos terminarían echando de menos las comodidades de la Parinirvana.
– ¿Está usted diciendo que es mejor que nos quedemos aquí y nos olvidemos de ese planeta? –preguntó un joven.
– No, ni mucho menos. Yo particularmente estoy deseando poner el pie en ese planeta, lo tengo muy claro. Lo que quiero deciros es que llegará el momento en que haya que tomar una decisión. No todo el mundo quiere bajar a tierra firme, hay quien tiene muy claro que prefiere quedarse aquí y no renunciar a algo que ya conoce y les resulta cómodo, por un mundo totalmente desconocido para ellos. Es una decisión muy respetable, yo por mi parte no les reprocho nada; a nadie se le puede obligar a hacer algo que no quiere si no comporta con ello ningún riesgo para los demás.
» Por eso quiero que tengáis claro todos lo inconvenientes que nos podemos encontrar. Cuando os llegue la hora de tomar esa decisión, que seguramente será la más importante de vuestras vidas, conviene que conozcáis los pros y los contras. Así tendréis menos probabilidades de equivocaros y arrepentiros el día de mañana.
– Pues la verdad es que no lo ha pintado usted muy bien –dijo un alumno–. Ahora sí que estoy hecho un lío. ¿Qué se supone que tendremos que hacer cuando estemos en ese planeta?
– No lo sé –le respondió la profesora–. Por desgracia no hay una fórmula mágica, ni un modo de actuar perfecto. Tendremos que improvisar sobre la marcha. Aunque llevemos un plan perfectamente trazado, lo más probable es que cuando lleguemos ahí abajo, nada resulte como habíamos imaginado; tendremos que estar alertas y preparados para cualquier imprevisto.
» Para empezar tendremos que reprogramar todos nuestros sentidos. Ninguno de nosotros sabe lo que es pasar frío o calor, subir una montaña, pisar hierba fresca, oler la tierra húmeda, cruzar un río, aguantar picaduras de insectos o tener que dormir encima de un árbol. No creáis que pretendo asustaros, a mí todo eso me parece maravilloso; lo que de verdad me aterraría sería el hecho de no tener siquiera la posibilidad de intentar hacer realidad un sueño.
– ¿Y qué ocurrirá si enfermamos? –preguntó una chica–. No tendremos hospitales, ni laboratorios para fabricar medicinas, ni nada de nada.
– Serán muchos los riesgos a los que se enfrenten las personas que decidan bajar, y ése será uno de ellos. Afortunadamente nosotros contamos con unos profesores excepcionales; lo que tenemos que hacer es aprender todo lo posible de los habitantes del planeta. A ellos parece que les va muy bien sin hospitales ni medicinas y, si pueden sobrevivir así, ¿por qué no nosotros?
– Es curioso –sugirió un muchacho–, con toda nuestra tecnología y conocimientos sobre todas las ciencias, al final vamos a acabar aprendiendo de gente que en su vida han visto un libro, para poder sobrevivir.
– Exacto, ése es su mundo y, si queremos vivir en él, tendremos que ser humildes y dejadnos guiar por ellos –continuó Elena–. Tendremos que olvidar muchas de las cosas que hemos aprendido y empezar de nuevo, como si fuéramos niños pequeños.
» Me viene a la mente la respuesta que le dio el maestro Philip Kapleau a uno de sus alumnos cuando éste le preguntó cómo debían de vivir. El maestro respondió: “Aprenda a vivir del mismo modo que un pez nada o un pájaro vuela, sin conciencia de sí mismo. Abandone la ambición, que conduce a la agresión. Esté alerta y sea receptivo. De todo lo que se ocupe su mano derecha haga que la izquierda se ocupe también. Evite los juicios innecesarios. Sea modesto y no tenga presunción; dé su opinión solamente cuando se la pidan. Olvide sus buenas acciones y confiese las malas. Y nunca deje de relacionar cada efecto con la causa que lo produce”.
» Bien, con esto tendremos que dar por terminada la clase de hoy; lo siento chicos pero no hay tiempo para más. Continuaremos otro día. Espero que os haya servido lo que hemos hablado para reflexionar un poco, y recordad que, cuando llegue el momento, decidáis lo que decidáis, estará bien.

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