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Capítulo XXVIII

Nunca en su vida había estado Elena tan nerviosa; eran ya más de las dos y media del mediodía y aún no había regresado su marido. No sabía si eso era una buena o una mala señal. El consejo de ancianos había necesitado hasta dos días para poder llegar a un acuerdo; dos días que a Elena se le habían hecho eternos, y por fin esta mañana se reunían con el capitán y los ingenieros para comunicarles su decisión.
Durante estos dos días, Pet y ella no habían querido hablar mucho sobre lo que se dijo en la reunión, por el contrario, más bien lo habían evitado a propósito, sobre todo, lo concerniente a la posibilidad de quedarse en la Parinirvana y partir en busca de otro planeta. Por la actitud de su marido, Elena sabía que no le había gustado nada su decisión y, a decir verdad, a ella tampoco; pero también sabía que ahora tendría que ser consecuente con lo que había dicho y llevarlo hasta el último término, si era necesario.
Al fin llegó Pet al apartamento; Elena lo esperaba en la cocina a solas; siendo previsora, se había encargado de enviar a su hija Eli con sus padres. Sabía que era muy probable que tuviese una larga charla con su marido, e incluso llegasen a discutir, y prefería que su hija no estuviera delante. Cuando vio la cara de Pet al entrar en la cocina, supo enseguida que no traía buenas noticias.

– ¿Y bien? –le preguntó.
– Lo siento, me temo que tendremos que seguir esperando –contestó Pet sentándose a la mesa frente a su mujer.
– ¿Qué significa eso?, ¿aún no han sido capaces de llegar a un acuerdo? No me lo puedo creer.
– Bueno, en realidad sí que han acordado algo, que por cierto no te va a gustar nada. Únicamente han definido cómo será la primera expedición al planeta; el resto de las cuestiones lo han dejado pendiente a la espera del resultado de ésta.
– ¿Por qué dices que no me va a gustar?; ¿acaso han decidido aterrizar entre los indígenas? Por nuestro bien, espero que no.
– Pues me temo que así es –continuó diciendo Pet–. Han pensado que es lo mejor. Y no sólo eso, también se han dejado llevar por la opinión del capitán en lo concerniente al número de tripulantes del transbordador. Han decidido que bajen sólo veinticinco personas. Dicen que al ser un número reducido, intimidaremos menos a esa gente y tendremos más posibilidades de congeniar bien con ellos.
– Dios mío, qué locura –exclamó Elena llevándose las manos a la cabeza–, no saben dónde se van a meter.
– Querrás decir, dónde nos vamos a meter; espero que vengas con nosotros, ahora más que nunca, necesitaremos a una persona como tú allí abajo.
– ¿Quieres decir que ya te has apuntado sin consultármelo antes?
– Te recuerdo que tú tampoco me consultaste lo de que estarías dispuesta a quedarte en la nave si fuera necesario, y sabes que me dolió mucho el que lo dijeras allí, delante de todo el mundo.
– Sabía que me lo echarías en cara algún día. Aquello fue una decisión espontánea, no lo había pensado antes; pero ya que lo mencionas, reconozco que tienes razón, debí haberlo hablado antes contigo y te pido disculpas por ello, pero como te digo, fue algo que se me ocurrió de pronto, no fue premeditado, aunque eso no quita para que no tenga que llevarlo a cabo si se diera esa circunstancia, por eso mismo no puedo bajar con el primer vuelo, por mucho que desee hacerlo.
– Vamos Elena –imploró Pet–, sé razonable. Todo el mundo sabe que lo dijiste en un momento de acaloramiento, al igual que saben que eres una de las persona mejor preparadas para esa expedición. Nadie te va a echar en cara nada, si es eso lo que temes.
– Si piensas eso de mí, es que no me conoces lo suficiente, Pet. No se trata de lo que piensen los demás, eso me trae sin cuidado; se trata de mí. Si me voy, sentiría que estoy defraudando a mucha gente, y eso es algo que no se me olvidaría nunca, no podría vivir tranquila con esa idea en la cabeza.
» Tú sabes que yo estaba dispuesta a bajar la primera, lo deseaba con toda mi alma, y aún lo deseo, pero las circunstancias han cambiado.
– ¿Y qué pasa conmigo?, ¿acaso mi opinión no cuenta? –preguntó Pet algo dolido.
– Yo no puedo obligarte, ni quiero hacerlo, a quedarte si no quieres. Me dolerá mucho separarme de ti, pero no me gustaría que eso influyera en tu decisión; debes hacer lo que tú creas conveniente y lo que de verdad desees. Lo único que te pido es que respetes tú también mi decisión.
– Juegas con ventaja, sabes de sobra que yo nunca me iría dejándoos aquí a Eli y a ti.
– Quizás Eli quiera bajar contigo. Ya es mayorcita para tomar sus propias decisiones. Yo me tendría que resignar aunque tampoco me gustase.
– Sería incapaz de ponerla en el aprieto de tener que elegir entre los dos, así que tú ganas, nos quedaremos aquí; pero al menos prométeme que harás todo lo posible por intentar bajar en el segundo vuelo si lo hubiere.
– Me parece bien, y te lo agradezco mucho, de veras. Anda, ayúdame a poner la mesa que a este paso no almorzamos hoy.
– Sí, además he quedado con Jonás esta tarde para ultimar algunas cosas; se llevará una desilusión muy grande cuando se entere de que no vamos; él contaba con nosotros.
» Me gustaría que me acompañaras, así se lo explicarías tú que seguro que lo harás mejor que yo. A mí sería capaz de convencerme todavía –concluyó Pet.

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