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Capítulo XXV

– ¿Qué tal la clase hoy? –preguntó Pet al sentarse a la mesa para almorzar.
– Intensa, creo que es la mejor palabra que la define –respondió Elena–. Los chicos se están portando muy bien, aunque me da la impresión de que les estoy exigiendo demasiado. Esto de trabajar a contrarreloj no me gusta nada y creo que puede ser contraproducente. A veces les miro las caras y parece que no se están enterando de nada. Me temo que en vez de enseñarles, lo que estoy es confundiéndolos.
– Estoy seguro de que no –intentó animarla Pet–. Te conozco desde hace muchos años y sé cual es tu problema, eres tú la que te exiges demasiado. Eres demasiado perfeccionista y eso hace que nunca estés contenta del todo con lo que haces; pero en el fondo sabes que lo estás haciendo bien, ¿me equivoco?
– Supongo que no; creo que me conoces mejor que yo. Pero es que los veo tan jóvenes e inseguros... Pero basta ya de hablar de mí, dime ¿habéis averiguado hoy algo interesante?
– Pues la verdad es que sí. Hemos descubierto en esta cara del planeta varias poblaciones distintas de primates muy avanzados, algunos de ellos incluso andan casi erguidos. Podría decirse que están en las primeras etapas de evolución hacia el hombre. Si Darwin estuviera aquí sería ahora mismo la persona más feliz de la nave, estoy seguro.
– Vaya, eso sí que es interesante; cualquier antropólogo de la Tierra hubiera dado lo que fuese por verlo. Quizás nos puedan aportar muchos datos nuevos sobre nuestra propia evolución.
– Sí, pero hay algo más –continuó Pet–; se nos ocurrió hacer algo que no habíamos hecho hasta ahora. Hemos inspeccionado el planeta con las cámaras de rayos X e infrarrojos y resulta que bajo la superficie existen inmensas bolsas de petróleo; parece ser que está todo el planeta lleno, y algunas de ellas, a muy poca profundidad. ¿Sabes lo que eso significa? Podría sernos muy útil si nos establecemos allí algún día.
– ¿Pero qué estás diciendo Pet? –dijo Elena poniéndose muy seria–. Esa para mí no es una buena noticia. ¿No lo entiendes? Podría ser el principio del fin por segunda vez. Me parece mentira que estéis pensando en volver a utilizar el petróleo con lo que nos ha costado llegar hasta aquí, ¿es que no habéis aprendido nada?
– Cálmate, Elena, creo que estás exagerando, aún no se ha decidido nada. Claro que hemos aprendido la lección y la tendremos siempre muy presente, puedes estar segura. No veo qué puede tener de malo el utilizar el petróleo para hacer que nuestros transbordadores puedan despegar y así establecer una comunicación directa con la nave. Eso sería genial, nos abre muchas nuevas posibilidades.
– No puedo creer lo que estoy oyendo –Elena dejó de comer y se encaró con Pet, mostrando su disgusto–. ¿Es que soy yo la única que lo ve claro? Tú sabes de sobra que no nos quedaríamos ahí; después vendrán las máquinas, los automóviles, necesitaremos materia prima y empezaremos a derribar árboles y a destruirlo todo. Quizás no ahora, pero en un futuro no muy lejano ocurrirá, será inevitable. No creo que hallamos llegado hasta aquí para hacer lo mismo que hicimos en la Tierra y cometer los mismos errores.
– Pues si te pones así –dijo Pet intentando restarle importancia a la discusión–, mejor será que no te cuente lo que se ha decidido hacer con la primera expedición. Creo que tampoco te va a gustar.
– Por lo que veo te has propuesto darme la comida ¿verdad?; ¿qué se os ha ocurrido ahora?
– Bueno, no se trata de lo que se nos haya ocurrido; que conste que a mí no me gusta la idea, pero parece ser que no hay otra alternativa, se han estudiado todas las posibilidades y ...
– ¡Vamos, suéltalo ya, Pet! –interrumpió Elena desesperada–. Después de lo que me has contado antes, estoy preparada para todo.
– Está bien, está bien, tranquilízate. El problema es que si queremos mezclarnos con los habitantes de ese planeta, tendremos que aterrizar el transbordador delante de sus narices; el único lugar posible para tener acceso a ellos es en la misma playa, muy cerca de sus campamentos.
» A mi también me parece una locura –se apresuró a decir Pet al ver la cara que puso su mujer–, pero es imposible hacerlo en otro sitio. Hemos estudiado centímetro a centímetro las montañas que los rodean y son demasiado escarpadas; en medio de la selva tampoco se puede aterrizar y si lo hacemos al otro lado de la cordillera jamás llegaríamos hasta ellos a pie, son demasiado altas.
– Pues sencillamente dejémoslos en paz; aprendamos de ellos desde aquí arriba, busquemos otro lugar donde las condiciones sean también idóneas y establezcámonos allí, donde no pongamos en peligro la vida de nadie. No los necesitamos para nada y, mucho menos, ellos nos necesitan a nosotros.
– Pero Elena, sé razonable. Son los únicos seres humanos de todo el planeta, es lógico que queramos ir en su busca y establecer un contacto; podríamos enseñarles muchas cosas.
– ¿Estás seguro de eso? A mí no me parece que necesiten nuestra ayuda para nada. ¿No será más bien que somos nosotros los que necesitamos de ellos?, ¿y no será también que os da miedo enfrentaros a ese mundo desconocido solos, sin la ayuda de alguien que controle el terreno?
» Si hacéis lo que pretendéis será una invasión y sus consecuencias pueden ser totalmente imprevisibles.
– ¿Por qué tiene que ser una invasión? –continuó Pet algo acalorado– ¿Por qué no puede ser una cooperación?, ¿qué tiene de malo el que queramos compartir el hábitat con ellos para así poder aprender los unos de los otros?
– Porque nadie les ha pedido permiso antes; por eso simplemente. No podemos caerles encima de repente sin conocerles de nada ni ellos a nosotros. Estoy segura de que las consecuencias de eso serían nefastas para los dos.
Después de una pequeña pausa que sirvió para tranquilizar los nervios, Pet rompió el silencio.
– Será mejor que nos calmemos los dos. Quizás estamos discutiendo por nada, al fin y al cabo la última palabra la tiene el consejo de ancianos; ellos decidirán lo que sea más conveniente para todos.
– No estaría yo tan segura de eso –subrayó Elena también más calmada–. Prométeme una cosa Pet. Prométeme que me avisarás cuando se vaya a debatir este asunto con el consejo; quiero estar presente.
– No te preocupes, algo me dice que si no lo hago tendré muchos problemas, así que allí estarás.
» Será mejor que recojamos todo esto; no se puede decir que hayamos aprovechado mucho la comida hoy.
– Un momento, Pet, una cosa más –Elena cogió a Pet de las manos antes de levantarse de la mesa y lo miró fijamente a la cara–. Quería decirte algo, no sé si ahora será un buen momento, después de esta discusión, pero ya me había hecho a la idea de hacerlo, así que allá va.
» Sé que tú te mueres de ganas por viajar con la primera expedición al planeta y que, tarde o temprano, me lo ibas a decir. Lo he estado pensando y he decidido que también yo quiero ir y, si Eli está de acuerdo, que estoy segura de que lo estará, también vendrá con nosotros. Pero eso sí, si se decidiera bajar en esa playa me lo tendría que volver a pensar, lo siento mucho, eso es algo con lo que no había contado.
– Vaya, no me esperaba esta noticia –dijo Pet pensativo–. Tienes razón, pensaba decírtelo un día de éstos pero aún no sabía como hacerlo; creí que te enfurecerías. Me alegro de que pienses así.
» Pero espera un momento, si deciden aterrizar en la playa yo no tendré la culpa; eso se llama chantaje.
– Yo lo llamo sentido común. Además te he dicho que lo pensaría no que no iría, no adelantemos acontecimientos.
» Anda, ayúdame a recoger la mesa que se nos está haciendo tarde, ¿ya no recuerdas que tu hija está con Jonás y Judith y quedamos en ir a buscarla después de almorzar? –terminó diciendo Elena mientras se levantaba de la mesa.

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