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Capítulo XXXIII

Al término de la reunión, Pet y Elena volvieron al apartamento de los padres de ésta para recoger a su hija y, de paso, contarles el nuevo descubrimiento.

– Dios mío, esto es maravilloso –comentó Roxi asombrada tras escuchar a su hija–. Hemos regresado a nuestra casa. Estoy segura de que nadie se esperaba una noticia así.
– Puedes estar segura –dijo su marido–. Pero a mí no me parece una noticia tan maravillosa precisamente. Descubrir vida en otro planeta podía responder a muchos interrogantes, ahora todas las expectativas que teníamos puestas en ése han quedado en nada. Quizás, después de todo, Giordano Bruno se equivocaba al afirmar que podía haber seres vivos en otros planetas, y resulta que el nuestro es el único que existe en toda la Galaxia.
– No, papá –le respondió Elena–, los que nos equivocábamos éramos nosotros pensando que podíamos viajar por todo el Universo, así sin más. Si algo nos ha enseñado esta odisea es que el Universo le queda demasiado grande a unos insignificantes humanos como nosotros.
» Por supuesto que habrá planetas repartidos por toda la inmensidad de la Galaxia repletos de vida de lo más variada, tal como dijo Giordano Bruno; pero lo más seguro es que nunca los conozcamos y, quizás sea mejor así.
– Dime una cosa, hija –preguntó Roxi–, ¿aún sigues pensando que es mejor que la Parinirvana siga viajando en busca de otros planetas que colonizar?
Elena se quedó pensando durante un momento.
– No lo sé –respondió al fin–. Ahora mismo estoy hecha un lío; aún no he tenido tiempo suficiente de asimilar todo esto. Pero ya que me lo preguntas, me supongo que no. Supongo que lo mejor sería olvidarnos para siempre del espacio exterior y aprovechar lo mejor que sepamos esta segunda oportunidad que nos ha dado el destino.
– La lástima es que no haya transbordadores suficientes como para poder bajar todos –comentó Pet–. Sería estupendo poder empezar todos juntos esta nueva vida.
– Sí, tienes razón –intervino Roberto–. Parece una tontería, pero ahora que sé que ese es nuestro antiguo planeta, no me importaría nada bajar con vosotros.
– Aún podéis hacerlo –dijo Elena esperanzada–. Podéis intentar ocupar alguna plaza de los siguientes vuelos. Eso sería maravilloso.
– No hija, no te hagas ilusiones –le interrumpió Roxi–. No digo que a mí no me gustaría bajar también, pero debemos ser realistas, no sería justo para los que se quedasen. Además, nosotros ya no tenemos edad para correr detrás de un conejo o para andar subiéndonos a los árboles en busca de frutas.
– Mamá, no digas eso. Vosotros podéis ser de mucha utilidad todavía ahí abajo. Para formar una nueva civilización, no sólo hace falta mano de obra, sino también muchos conocimientos y sabiduría, y en eso no hay quien os gane.
– Además, aún sabiendo que este planeta es la Tierra, puede que haya más de cien personas que deseen quedarse en la Parinirvana –dijo Pet–. Creo que, si de verdad lo deseáis, tenéis muchas posibilidades de poder viajar con nosotros.
– Pet tiene razón –continuó Elena–. Papá, mamá, prometedme que haréis todo lo posible por bajar con nosotros. Hacedlo al menos por vuestra nieta.
Roberto y Roxi se miraron durante un momento y al fin fue Roberto el que contestó a su hija.
– Está bien, hija, no hace falta que te pongas así. Bajaremos siempre y cuando no le quitemos la plaza a alguien más joven que desee también hacerlo. ¿Estás de acuerdo, mamá?
– Me parece bien –respondió Roxi–. Pero no me gustaría que os hicierais demasiadas ilusiones. Prefiero pensar que me quedaré aquí con tu padre, y si al final resulta que podemos ir pues mejor que mejor.

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