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Capítulo XXIV

Unas horas más tarde, Elena entró en el aula dispuesta a hablar a los chicos sobre un tema difícil de afrontar, y que llevaba tiempo evitando porque lo consideraba algo muy personal y subjetivo; se trataba de la felicidad, un término muy abstracto y que cada persona definía de forma diferente.

– Levantad la mano todos aquellos –empezó diciendo– que no se sientan a gusto con lo que tienen que hacer día a día. Aquellos que pasen gran parte de su tiempo imaginándose a ellos mismos en otros lugares, con gente distinta, realizando otras tareas que le motiven más.
La mayoría de los alumnos levantaron la mano. La profesora se dirigió a una chica que estaba sentada en la primera fila frente a ella, y le preguntó:
– ¿Por qué haces eso?, ¿acaso no eres feliz con tu vida, en esta nave, con tus compañeros, tus padres, tus estudios?
– Pues la verdad es que no lo sé; yo creo que sí, que soy feliz, pero constantemente estoy imaginándome en otras circunstancias, como si yo fuera otra persona más interesante, más extrovertida; supongo que como me gustaría ser en realidad.
– Eso es algo muy habitual –continuó Elena–. Casi todo el mundo vivimos dos vidas al mismo tiempo. En una de ellas tenemos obligaciones que cumplir que no siempre nos agradan, ideales por los que luchar que la mayoría de la veces nos son impuestos y en los que muchos ni siquiera creen.
» La otra vida está en nuestras mentes; son los sueños que nos hemos fabricado y que algún día nos gustaría alcanzar por muy irrealizables que nos parezcan, y que en la gran mayoría de los casos nunca llegan a cumplirse.
» Pues bien, si nos paramos a pensarlo, nos daremos cuenta de que nuestra vida es sólo una. Lo único que tenemos que hacer es dejar que los sueños guíen nuestros pasos por la realidad, de manera que encontremos un equilibrio entre obligación y bienestar. Os contaré una antigua leyenda para que lo entendáis mejor:
» Un campesino envió a su hijo en busca de un sabio que le enseñara el secreto de la felicidad. El chico anduvo durante cuarenta días por el desierto y subió una gran montaña sobre la cual estaba situado el hermoso castillo donde vivía el sabio que buscaba.
» El muchacho esperaba encontrar a un hombre santo solitario y en vez de eso se encontró con una sala repleta de gente conversando por todos los rincones, una orquesta tocando una bella melodía y una gran mesa repleta de los más deliciosos manjares que jamás pudo imaginar.
» Tuvo que esperar hasta dos horas para poder ser atendido por el sabio. Este escuchó atentamente el motivo de su visita pero le dijo que ahora no tenía tiempo para explicarle el secreto de la felicidad, así que le sugirió que volviese dentro de dos horas.
» – Mientras tanto –dijo el sabio dándole al muchacho una cucharita de te donde había vertido dos gotas de aceite–, lleva contigo esta cucharita y no dejes que se derrame el aceite.
» El muchacho se recorrió todo el palacio subiendo y bajando escaleras sin quitarle ojo a la cucharita para no derramar el aceite. Al cabo de las dos horas volvió en presencia del sabio, el cual le preguntó:
» – ¿Qué te ha parecido los tapices persas que tengo en mi salón?; ¿y el jardín que el mejor de los maestros jardineros tardó diez años en crear?; ¿qué me dices de los antiguos pergaminos que guardo en mi biblioteca?
» El joven, cabizbajo y avergonzado, confesó que no había podido reparar en nada de eso ya que su única preocupación había sido no derramar las gotas de aceite de la cucharita.
» – Entonces recorre de nuevo mi palacio –dijo el sabio– y conoce sus maravillas. No puedes confiar en un hombre si no conoces su casa.
» El muchacho, con la cucharilla en la mano, volvió a pasear por todo el palacio contemplando todo lo que veía a su paso. Admiró las bellas obras de arte que colgaban de paredes y techos. Memorizó cada rincón del hermoso jardín construido por el maestro de los jardinero en diez años; sintió el perfume de cada flor. Echó un vistazo a todos los pergaminos sagrados escritos por el hombre con paciencia y devoción. Observó que todas las obras de arte se encontraban sabiamente distribuidas por toda la casa de forma que cada una de ellas pudiese recibir la atención del visitante.
» Al cabo del rato volvió a encontrarse con el sabio y le relató todo lo que había visto con minucioso detalle. Y el sabio le preguntó:
» – Pero ¿dónde están las dos gotas de aceite que puse en la cucharita?
» Horrorizado, el muchacho se dio cuenta de que las había derramado sin percatarse de ello.
» – No te preocupes –le dijo el sabio–. Tú viniste aquí en busca de un consejo y esto es todo lo que tengo que decirte: el secreto de la felicidad está en contemplar todas las maravillas del mundo y no olvidarse nunca, en ningún momento, de las dos gotas de aceite en la cucharita.
Elena hizo una pausa para que los chicos pensasen un poco lo que habían escuchado, y continuó.
– Y bien, ¿os ha aclarado algo la historia? –dijo señalando a un muchacho con la mano levantada.
– Lo que quiere decir es que la felicidad hay que buscarla en la rutina diaria. En nuestro trabajo y nuestras obligaciones de cada día.
– Sí –siguió diciendo otra alumna–, y que no podemos esperar encontrarla sólo en aquellas cosas que nos gustan pero que no forman parte de nuestra realidad.
– Pero las maravillas de las que habla la historia –interrumpió otro alumno– sí que son reales. Yo creo que más bien se refiere a que normalmente estamos tan enfrascados en nuestros quehaceres que no nos percatamos de que hay otras cosas a nuestro alrededor que podemos compaginar, y que nos pueden hacer la vida más agradable.
– La verdad es que todos tenéis razón –continuó la profesora–. En primer lugar os tengo que decir que la felicidad no es una meta que tengamos que alcanzar y que una vez conseguida hace que seamos felices para siempre. No; más bien es un camino, una dirección que tenemos que seguir.
» El maestro Dogen dijo una vez: “Para ganar un cierto objetivo debes primero convertirte en una clase de hombre especial; pero una vez que te hayas convertido en ese hombre, el alcanzar el objetivo dejará de ser una preocupación”.
» A eso es lo que me refiero; una vez que entras en el camino, lo demás da todo igual, simplemente tienes que seguir caminando.
– Pero el hecho de encontrar ese camino puede convertirse en una meta que tengamos que conseguir –dijo un chico.
– Una meta –prosiguió Elena– es algo que se consigue y ya está, no hay más. El camino de la felicidad no es una meta, es un ideal. Son cosas distintas; es necesario tener un ideal que seguir, sin embargo las metas no son necesarias. Hay que concentrarse en el «aquí y ahora». Si estáis trabajando, concentraos en el trabajo, o en la comida cuando estéis comiendo; si tenéis que hablar, hablad, pero decid únicamente lo importante para la situación. Muchas veces se nos ocurre algo interesante que decir y pensamos “ya lo diré luego”, con tal de no interrumpir; pero nunca más se vuelve a dar esa situación concreta donde poder decir lo que habíamos pensado. Cada momento es único y no se repetirá jamás, por tanto hay que aprovecharlo.
» Pero hay que aprovecharlo exactamente para lo que es. En este momento estáis aquí para aprender, pues eso es lo único que tenéis que hacer. Si os ponéis a pensar ahora en lo que vais a hacer después cuando salgáis, estaréis desaprovechando este momento para siempre. Cuando llegue después, sabréis lo que tendréis que hacer sin necesidad de pensarlo ahora.
– Pero es muy difícil mantenerse siempre concentrado en lo que se está haciendo –comentó una chica–. Es prácticamente inevitable que la mente empiece a divagar, sobretodo si estamos haciendo algo rutinario para lo que no necesitamos pensar mucho.
– Sí, es cierto, no es fácil. Como dije al principio, nos pasamos la mitad de nuestra vida soñando despiertos y, muchas veces no sabemos ni lo que pasa fuera ni, mucho menos, dentro de nosotros. Nos hace falta pasar por algún trauma grave, un choque vital, como una enfermedad o la cruda confrontación con la muerte, propia o de un ser querido, para que nos despertemos de ese mundo de fantasía en el que vivíamos, y lo veamos tal y como realmente es.
» ¿Cómo desarrollar y mantener ese estado de conciencia aguda al que me refería antes, durante todo el día? Hay una herramienta muy útil que todos podemos utilizar: la meditación. Practicar la meditación diariamente nos ayudará a observar la vida de manera más objetiva, desapasionadamente, evitando el deseo de lo que se observa o la aversión. Si mostramos apego o rechazo a algo nos estamos alejando del camino de la felicidad.
– Eso suena un poco espiritual, ¿no cree? –interrumpió un muchacho.
– La búsqueda espiritual es la mayor aventura que puede emprender un ser humano –prosiguió Elena–, no hay que temerle; va muy de la mano del camino de la felicidad, al menos tal y como yo lo veo.
» A lo largo de nuestras vidas surgirán continuamente muchas metas menores a las que enfrentarnos: estudios, poder, amor, fama, etcétera. Son metas falsas que nos desviarán de nuestro propósito principal si no prestamos atención. En el fondo sabemos que es así, nuestro corazón y nuestra mente buscan ese propósito verdadero al que me refiero, pero huimos de él continuamente, asustados de lo que nos exige y nos obliga a dejar.
– ¿Y puede la meditación ayudarnos a no desviarnos de nuestro propósito verdadero? –quiso saber una muchacha a la que Elena dio la palabra.
– Sí, pero todo a su tiempo. Creo que nos estamos desviando del tema y lo único que voy a conseguir es confundiros aún más.
» Estábamos hablando de la felicidad, ¿no es así? Pues bien, a finales del siglo XX y durante el XXI, muchos científicos serios se propusieron dar con las claves que hacen que una persona sea feliz o desgraciada, y llegaron a la siguiente conclusión:
» Existen tres factores determinantes. El primero sería el tener una posición social cómoda, holgada, donde tengamos nuestras necesidades básicas cubiertas; necesidades como la comida, la vivienda o la ropa. En la Tierra esto significaba tener una posición económica estable.
» El segundo factor se refiere a las relaciones personales con el resto de la sociedad. Según estos científicos, una persona que tuviese muchas amistades o familiares con los que relacionarse, sería más feliz que otra que estuviese sola. En definitiva, necesitamos sentirnos queridos o, al menos, acompañados. Aquí también entraría el hecho de tener una pareja estable con la que nos llevásemos bien.
» Y en tercer lugar, para ser completamente felices necesitaríamos poder desarrollar una actividad, que podría ser nuestro trabajo o sólo una afición en nuestro tiempo libre, que realmente nos gustase y que nos permitiese desarrollar todo nuestro potencial creativo o intelectual de manera que nos sintamos plenamente satisfechos con lo que estamos haciendo.
» ¿Qué os parece la teoría? –prosiguió Elena tras una pausa–. Según ésta, aquí tenemos todo lo necesario para ser felices, ¿por qué nos complicamos la vida buscando algo más?
– ¿Y dónde queda ahí la espiritualidad, la búsqueda de la verdad y todo eso que nos hablaba usted antes? –preguntó un alumno.
– Como veis, los científicos entienden poco de esas cosas. Ellos se rigen por hechos concretos, constatables y estudios estadísticos; lo cual está bien, es su obligación como científicos que son. Pero buscar la felicidad no es como buscar una vacuna contra una enfermedad; la felicidad es algo abstracto que no podemos medir con ningún aparato ni hacer estadísticas sobre ella; no se puede medir el grado de felicidad de una persona.
» Si os fijáis bien, esta teoría está cogida por los pelos. En ella, la felicidad de una persona depende totalmente de factores externos a ella; que tenga un buen trabajo, buenos amigos, posibilidades materiales de desarrollar una actividad que le guste...¿Y qué pasa si de repente te falta algo de esto? Por ejemplo que tu pareja te deja o se muere, o te echan del trabajo, o una catástrofe natural te deja sin todas tus pertenencias. De la noche a la mañana dejaríamos de ser felices para convertirnos en unos desgraciados. Y eso por no hablar de aquellas personas más desafortunadas que, por el simple hecho de haber nacido en un lugar determinado o haber nacido con alguna minusvalía cualquiera por ejemplo, no tienen posibilidades ninguna de acercarse a alguno de esos tres factores. ¿Acaso no tienen derecho estas personas de ser felices también?
» Por tanto a mí esto no me vale. Yo quiero algo más estable y duradero, que dependa sólo y exclusivamente de mí; es decir, la felicidad que fluya desde dentro de mí hacia fuera y no de fuera hacia dentro como nos hacen ver los científicos.
» Por eso yo me quedo con las enseñanzas del Buda. Este hombre, que vivió hace unos cuatro mil seiscientos años, fue hijo de un rey de una de las muchas tribus que por aquel entonces poblaban la India. Lo tenía todo; vivía en un hermoso palacio rodeado de todos los lujos que podáis imaginar. Un buen día descubrió el mundo que había fuera de su palacio; un mundo donde había miseria, hambre, muertes, enfermedades... Y llegó a la conclusión de, lo que se llamó, la primera verdad del budismo: que la vida es sufrimiento.
» Qué tontería, diréis, para eso no hace falta ser muy sabio. Pues sí, pero él no se quedó ahí, sino que fue más allá y se preguntó qué sentido tiene el nacer sólo para sufrir. Sabía que tenía que haber algo más, así que lo abandonó todo y se fue en busca de una respuesta. En su búsqueda llegó a las siguientes tres conclusiones que, junto con la primera que ya os he dicho, forman las cuatro nobles verdades del budismo o, lo que es lo mismo, su pilar central; son éstas:
» La causa de este sufrimiento proviene de que el hombre desconoce la naturaleza de la realidad y se apega a los bienes materiales.
» La tercera sería que el sufrimiento puede tener fin si el hombre logra superar su ignorancia y renuncia a las ataduras mundanas.
» Y la cuarta, el camino para lograr esta superación es la Octuple Senda, o camino de las ocho etapas, que se resume en principios tales como moralidad, concentración y sabiduría.
» También se podría resumir diciendo que consiste en tener una adecuada visión de las cosas, buenas intenciones, un modo de expresión correcto, realizar buenas acciones, tener un modo de vida adecuado, esforzarse de forma positiva, tener buenos pensamientos y dedicarse a la contemplación del modo adecuado.
» En definitiva, según el Buda, y yo estoy de acuerdo con él, la causa principal del sufrimiento es el deseo; el deseo de ser y de tener, es decir, el egoísmo; el querer ser mejor que los demás o tener más que nadie. Nuestro ego nos engaña constantemente haciendo que nos desviemos del camino de la felicidad más y más.
» Digo que nos engaña porque es eso precisamente lo que hace. Nos hace creer que por ser más importante o tener más cosas seremos más felices, y en la mayoría de los casos caemos en un pozo sin fondo que nos hace cada vez pedir más sin ponerle nunca fin, porque siempre habrá alguien por encima nuestra, o que posea cosas que nosotros no tenemos.
» El deseo es como un veneno, es una enfermedad que nos puede llevar a la locura. Pero esta enfermedad se puede curar, se le puede poner freno aplicando unos preceptos morales básicos y teniendo una conciencia clara.
Elena le dio la palabra a un muchacho que levantó la mano en ese momento.
– Ese pensamiento es muy parecido al de los clásicos griegos como Platón o Aristóteles, que llegaron prácticamente a las mismas conclusiones. Aristóteles decía que el pueblo escoge el placer porque lo toma por el bien y huye del dolor porque piensa que es el mal. ¿Tuvieron alguna relación los unos con los otros?
– No, que se sepa –contestó Elena–. El Buda fue entre uno y dos siglos anterior a los filósofos griegos que mencionas y la historia no cita ninguna relación entre ambos; pero tienes razón, es curioso como ambas corrientes filosóficas procedentes de tan distintas culturas llegan a tan parecidas conclusiones.
» Aunque habría que decir que los filósofos griegos como Sócrates, Platón y Aristóteles hacen más hincapié en el conocimiento como fuente para alcanzar la felicidad. Como dijo Platón: “La virtud es conocimiento y éste puede ser aprendido. El que se comporta de forma inmoral lo hace desde la ignorancia”. Y también escribió, atribuyéndoselo a su maestro Sócrates: “Todo vicio es resultado de la ignorancia, ninguna persona desea el mal. La virtud es conocimiento y aquellos que conocen el bien, actuaran de manera justa”. Platón consideraba una persona justa a aquella cuyo elemento racional, ayudado por la voluntad, controlaba sus apetitos. Estos apetitos serían los deseos contra los que nos previene el Buda.
» Vosotros pensaréis que aquí no tenemos ese problema y que estamos a salvo de todo eso, pero tened en cuenta que os estoy hablando del mayor problema que tuvo la sociedad de la que procedemos, justamente el que lo llevó a su exterminio y que podría volver a suceder en un futuro si no ponemos los medios adecuados. En la sociedad moderna de consumo, el deseo era fomentado fuertemente, día a día por las poderosas agencias de publicidad y mercadotecnia que lo dirigía constantemente a nuevos y variados campos.
» Desde nuestra perspectiva, tan lejana y distinta, podréis pensar que conociendo el problema es fácil poner el remedio, pero no es así. Los humanos que vivían en la Tierra hace más de dos mil años no eran unos ilusos que no entendían nada o les daba igual vivir o morir; nada de eso. Eran personas inteligentes, que sabían tanto o más que nosotros sobre todo esto de lo que estoy hablando.
– Y entonces, ¿qué ocurrió? –se atrevió a preguntar una chica–. ¿cómo es que no pudieron evitar lo que les vino encima?
– Muy sencillo –prosiguió Elena–, porque no somos dueños de nuestras mentes; creemos que sí, que hacemos o pensamos lo que queremos, pero estamos equivocados y os lo puedo demostrar con una prueba muy sencilla. Intentad concentraros en algún objeto en concreto, por ejemplo un cuadrado; debéis pensar sólo y exclusivamente en ese cuadrado, con sus cuatro lados iguales. Hacedlo por favor, si cerráis los ojos os resultará más sencillo.
Elena dejó transcurrir un minuto en silencio.
– Seguro que no habéis sido capaces de mantener sólo la imagen del cuadrado en vuestra mente ni treinta segundos seguidos, y cuánto más intentáis concentraros en esa imagen, más trabajo os costará; enseguida empezarán a aparecer en vuestra cabeza pensamientos no deseados y que no tienen nada que ver con lo que queréis pensar en ese momento. No os preocupéis, eso es normal, y demuestra que nuestra mente va por libre. Por eso no es tan fácil controlar el deseo o el sufrimiento.
» Parte de la culpa la tiene la propia evolución natural del ser humano, aunque en este caso se trata más bien de una involución. Como todos sabéis, el último órgano del cuerpo humano en evolucionar, el que nos diferenció totalmente del hombre primitivo y de los animales, fue el cerebro frontal o neocórtex, la zona del cerebro responsable de nuestra inteligencia y memoria, donde radica todo lo que vamos aprendiendo; en teoría aún sigue evolucionando, y nunca dejará de hacerlo. Pero esta evolución no ha sido gratuita, por el contrario, ha sido a costa del debilitamiento de nuestro cerebro primitivo, del tálamo y del hipotálamo, que tanto ayudaron a sobrevivir a nuestro ancestros primitivos; y es ahí, precisamente, donde nace la verdadera sabiduría.
» Si tenemos un cerebro frontal fuerte y un cerebro primitivo débil, se producirá un desequilibrio que puede degenerar en cansancio, neurosis o cualquier otro tipo de enfermedad mental, incluso la locura.
» La armonía y el equilibrio entre ambas partes del cerebro son indispensables. Con la meditación lo que pretendemos es fortalecer el cerebro primitivo, hacer que surja a la superficie la esencia de las cosas que permanecen en el subconsciente, y que siempre han estado ahí. Tened en cuenta que cuando nacemos sólo tenemos cerebro primitivo; no es hasta bien entrada la adolescencia cuando termina de desarrollarse físicamente el cerebro frontal. Por tanto, con la meditación, lo único que hacemos es volver a nuestro estado natural.
» El maestro Deshimaru predijo que el hombre mejorará finalmente; lo malo se transformará y otra civilización nacerá. Que seamos nosotros o no depende únicamente de nosotros.
– Por lo que está usted diciendo –comento un muchacho al que la profesora dio la palabra– la practica del budismo es la que nos acerca más a la felicidad, ¿no es así?
– No, no, no, creo que no me estoy explicando bien, no se trata de practicar budismo, eso es muy complejo. Espera un momento –Elena cogió un pequeño libro de la estantería, buscó una página y empezó a leer–. “No os dejéis engañar por lo que otros digan, o por rumores, o por lo que está establecido en virtud de la autoridad de vuestras enseñanzas tradicionales. No os dejéis engañar por aquellos que son diestros en citar las escrituras, ni por lógica ni por inferencia, ni tras reflexionar sobre una nueva opinión o teoría, ni movidos ciegamente por el respeto a un asceta o a un sacerdote. Sólo cuando lo sepáis por vosotros mismos tales enseñanzas son buenas, no causan perjuicio, son aceptadas por los sabios, cuando se practican producen beneficios positivos y felicidad. Sólo entonces podéis aceptarlas y morar en ellas”.
» Estas son palabras del Buda. Como veis, su intención no era establecer fórmulas dogmáticas ni imponer una ideología propia. Lo único que pretendía el Buda era ayudar a la gente a encontrar la verdad y la liberación por sí mismas, a su propia y única manera. La paz espiritual es un tesoro que todos los hombres buscan, muchos sin saberlo; ayudar a encontrarla es el logro más alto que una persona puede aportar a la humanidad. Ahí radica la grandeza del Buda, lo mismo que Jesucristo o Lao Tse o tantísimos otros sabios, filósofos y hombres santos que han existido a lo largo de la historia. Hay algo que todos ellos tenían en común: el abandono de su ego; ese es el primer paso que todos ellos dieron antes de convertirse en las grandes personalidades que hoy conocemos.
» Debéis de tener confianza en vuestro propio potencial espiritual y en vuestra capacidad para encontrar vuestra verdad. No digo con esto que no tengáis que escuchar a nadie, no, al contrario, debéis mostraros receptivos en todo momento, escuchad y observad todo lo que podáis, aprended de los demás y utilizad lo que encontréis útil, pero, sobre todo, aprended a confiar en vuestra sabiduría interna.
» Vuestro compañero mencionó antes a los clásicos griegos; en vuestros ordenadores podréis encontrar una amplia información sobre ellos y sus obras. Si los leéis, comprobaréis como también ellos están llenos de sabiduría y también veréis como el hombre no ha cambiado tanto como parece a lo largo de los tiempos, ya que siempre se ha encontrado con los mismos problemas, lo único que cambiaba era la cantidad de cosas materiales y lujos que poseía, pero la esencia seguía siendo la misma hace más de cuatro mil años que hace dos mil o, incluso, hoy día.
» No sé a vosotros, pero a mí esto me hace cuestionar mucho la evolución de la inteligencia del ser humano; después de leer los tratados sobre la felicidad y la moralidad humana de Platón y Aristóteles da la impresión de que todo lo que se escribió después sobre estos temas, está de más, incluido lo que escribieron filósofos tan renombrados como Descartes o Gasset, sin restarles importancia, por supuesto.
» Vaya, creo que nos hemos emocionado demasiado con el tema y se nos ha echado el tiempo encima –exclamó Elena después de mirar el reloj–. Vale, vale, ya sé que tenéis muchas preguntas pero no os preocupéis, mañana seguiremos con el mismo tema. Reflexionad sobre todo lo que os he dicho y prometo que mañana intentaré contestar a todas vuestras preguntas.

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