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Capítulo XXIII

– ¿Dónde están Pet y Eli, hija? –preguntó Roberto al ver entrar sola a Elena.
Eran las seis de la tarde y Elena había ido al apartamento de sus padres a buscar compañía y charlar un poco.
– A Eli la he dejado en casa de Judith, jugando con su hijo, y Pet está trabajando. Han formado un grupo de voluntarios y se reúnen todas las tardes para ir preparando la primera expedición al planeta. También Jonás está con ellos y el capitán Jorel.
– Vaya, de Pet y Jonás no me extraña, pero el capitán... –comentó Roberto.
– Ya sabes que ese hombre tiene un gran sentido del deber –contestó Elena–. No podía permitir que hubiera hombres haciendo horas extras y él no. De todas formas ya ha dejado bien claro que él se quedará en la Parinirvana. Según dice, alguien tiene que quedarse al mando.
– Claro, por no decir que no se atreve –volvió a decir Roberto–. Como si aquí en la nave no hubiera gente responsable de sobra para hacerse cargo.
– No te metas con el capitán, Roberto –intervino Roxi–. Recuerda que nosotros tampoco vamos a bajar.
– Es verdad –reconoció Roberto poniéndose más serio–; pero mis motivos son diferentes. Yo soy muy feliz aquí; al fin y al cabo la felicidad es la vocación de todo ser humano, ¿no? Tú misma lo has dicho muchas veces, hija. No creo que en ese planeta pueda estar mejor que aquí, ni tampoco comprendo a los que preferís dejar todo esto y arriesgar vuestras vidas en un mundo extraño y desconocido.
– Papá –le dijo Elena–, ¿recuerdas aquel documental que vimos hace algunos años sobre unos alpinistas subiendo al monte Everest? También entonces comentaste lo mismo sobre ellos. Esas personas estaban pasando frío, hambre, apenas podían dormir, sus vidas corrían un peligro extremo a cada minuto; sin embargo, te puedo asegurar, que en aquel momento eran tan felices como lo puedes ser tú ahora, o más incluso, porque estaban haciendo lo que realmente les gustaba y, además, la escalada les obligaba a esforzarse al máximo y a poner todos sus sentidos al cien por cien en lo que estaban haciendo.
– Pues sigo sin comprender qué puede tener de divertido el sufrimiento y por qué debemos de buscarlo innecesariamente –respondió Roberto.
– “Sólo en la aflicción y el sufrimiento, el hombre atrae a sus semejantes, para que, sólo entonces, su vida se vuelva hermosa” –intervino Roxi–. Esto no lo digo yo, lo dijo Henry Miller, un escritor norteamericano del siglo XX, y yo estoy completamente de acuerdo con él. Muchas personas no se dan cuenta de lo hermosa que puede ser la vida hasta que no sufren algún tipo de penalidad, como una enfermedad grave o alguna experiencia que les acerque a la muerte.
– Yo ya sé que la vida es hermosa –replicó su marido–. No necesito ninguna mala experiencia para darme cuenta de eso.
– Tu problema papá –volvió a intervenir Elena– es que lo ves todo desde tu punto de vista nada más. No comprendes que puede haber personas con otras realidades y otras inquietudes. Te voy a contar una historia que le cuento a mis alumnos más pequeños, ya que tú eres igual que ellos:
» Estaba un maestro budista con su discípulo echando de comer a los cerdos del templo cuando, viendo como los cerdos se revolcaban en sus propios excrementos y se comían los desperdicios, el maestro le dijo al discípulo: “Si cuando muera me reencarno en cerdo y, por casualidad, me descubres, mátame por favor, para así poder volver a reencarnarme en algo más digno”.
» Pasado un tiempo, el maestro murió, y al cabo de unos años, su antiguo discípulo se convirtió en maestro del mismo templo. Un buen día se encontraba éste mirando a los cerdos cuando reconoció en uno de ellos a su antiguo maestro y le dijo: “No se preocupe, maestro; ahora mismo le mataré como usted me pidió”; y éste le respondió: “Ni se te ocurra”. El discípulo extrañado le preguntó por qué ahora no quería morir y, su maestro reencarnado en cerdo le contestó: “Cuando te hice esa petición veía a los cerdos desde la perspectiva de los humanos, y no me gustaba; ahora que lo veo desde el punto de vista de un cerdo, tengo que reconocer que me gusta y soy muy feliz así”.
» ¿Comprendes lo que te quiero decir, o no? –concluyó Elena.
– Moraleja, antes de matar un cerdo, pregúntale –bromeo su padre–. Claro que te entiendo, hija, no soy tan tonto como crees. Ya sé que vosotros tenéis inquietudes, sólo que yo pensaba que también erais felices aquí.
– Y lo somos, pero tienes que entender que no podemos dejar escapar esta oportunidad. Es lo que siempre habíamos deseado. Os echaré mucho de menos, y echaré de menos estas charlas contigo; me encantaría que vinierais con nosotros, pero sé que no os puedo obligar.
» Además, podremos seguir en contacto; me ha dicho Pet que están preparando unos transmisores alimentados con energía solar para poder comunicarnos con la nave desde ese planeta, y vosotros nos estaréis viendo todo el tiempo, así que como veis, no os vais a poder deshacer de mí tan fácilmente.
– Francamente, hija –añadió Roxi con seriedad–, preferiría no tener que veros desde aquí. Puede que ahí abajo lo paséis muy mal, y no me gustaría ver a mis seres queridos sufriendo sin poder hacer nada para evitarlo. Prefiero pensar que estáis bien y que por fin habéis encontrado lo que tanto deseabais.
– Pero mama, ya sabes que yo estoy preparada para todo, incluso para la muerte; eso no me da miedo. Tú te encargaste de ello, y muy bien por cierto.
– Puede que tú estés preparada para sufrir o para morir incluso, como dices; pero yo no estoy preparada para verlo. Y no sólo se trata de ti, también estarán Eli y tu marido.
– Tienes razón –contestó Elena pensativa–. Ahora me alegro de que Eli tenga edad suficiente para decidir por ella misma. Sería una responsabilidad muy grande si fuera más pequeña. De todas formas creo que nos estamos poniendo demasiado trágicos; aún falta mucho para que podamos ir a ese planeta, y eso contando con que se pueda. Todavía tiene que bajar la primera expedición y comprobar las condiciones de vida in situ. Después de eso, ya hablaremos.

Unas horas más tarde, Elena se reunió con Pet en su apartamento. Durante la cena estuvo muy callada; la conversación con sus padres la había dejado algo preocupada.

– ¿Te ocurre algo cariño? –preguntó Pet antes de acostarse–. Has estado muy pensativa durante toda la comida.
– No, no es nada. He estado hablando con mis padres sobre nuestra posible partida al planeta y, ya sabes como son ellos, no les hace mucha gracia la idea. Y no sólo son ellos, hay mucha gente indecisa en la nave, sobretodo los más jóvenes. Ellos me ven a mí como un ejemplo a seguir y me da miedo convencerles de algo de lo que no están muy seguros, para que después se lleven una decepción; a veces, incluso hasta yo misma no estoy segura de lo que quiero. Es demasiada responsabilidad, ¿no lo entiendes?
» Nosotros estamos más o menos preparados mentalmente tanto para el éxito como para el fracaso, pero la mayoría de la gente no lo está. Yo intento hacerles ver todos los pros y los contras que se van a encontrar, pero al mismo tiempo creo que les estoy contagiando mi entusiasmo; no soy lo suficientemente objetiva como para hacerles pensar por ellos mismos.
– Pues yo creo que te estás preocupando demasiado. Tus alumnos ya son mayorcitos como para saber lo que quieren. Además, para eso están sus padres. Quizás tú te estés involucrando demasiado, deberías limitarte a dar tu asignatura y ya está.
– No puedo. Fue Julia la que me pidió por favor que intentara preparar a los chicos para una posible colonización del planeta. Me dijo que a mí me respetaban y que no conocía a otra persona mejor para hacerlo. Y en parte, como profesora, me veo obligada. Nuestro éxito en ese planeta depende mucho de la preparación que le demos a los más jóvenes. Ellos son el futuro y no podemos dejar al azar algo tan importante.
– Entonces estoy seguro de que lo estarás haciendo muy bien. Julia tiene razón, no hay nadie en la nave que esté mejor preparada que tú para esa tarea. Aunque mucho me temo que te vas a tener que dar un poco de prisa ya que van a tener que tomar una decisión muy pronto.
– ¿Por qué lo dices? –preguntó Elena–. ¿Acaso pensáis mandar ya la primera expedición?
– No, no, para eso aún faltan uno o dos meses. Es que hoy nos hemos encontrado con el primer problema serio. Resulta que la nave cuenta con ocho transbordadores; en cada uno puede ir hasta cincuenta personas con total seguridad. Teniendo en cuenta que cada transbordador sólo podrá realizar un viaje de ida, tan sólo cuatrocientas personas podrán bajar y, ya sabes que en la nave somos quinientos. Sabemos que mucha gente quiere quedarse, pero no sabemos exactamente cuantos.
» La mayoría del equipo queremos aprovechar el primer vuelo al máximo por si acaso, pero el capitán y unos cuantos más, dicen que no están dispuestos a arriesgar tantas vidas, y pretenden que el transbordador baje prácticamente vacío.
– En mi opinión, creo que lo mejor es hacer antes que nada la encuesta. Igual nos llevamos una sorpresa y la mayoría de la gente prefiere quedarse; aunque lo dudo.
– Sí, eso es lo que habíamos pensado –continuó diciendo Pet–, pero como tú dijiste antes, ahora mismo hay mucha gente indecisa a la espera de lo que ocurra con la primera expedición.
» Imagínate que vemos que todo les va de maravilla; todo el mundo querrá apuntarse a los próximos viajes, y entonces tendremos un gran problema.
» Lo que yo propongo es aprovechar el transbordador al máximo, seleccionando de entre toda la tripulación a las cincuenta personas mejor preparadas tanto física como mentalmente, y que sean capaces de resolver cualquier eventualidad que les surjan. Y, por supuesto, que quieran ir claro.
– Sí, esa parece una buena idea. Pero de todas formas yo haría la encuesta cuanto antes para que la gente se vaya ya mentalizando y, al mismo tiempo, eso nos podrá dar una idea de la situación.
» Por cierto, la selección de esas cincuenta personas que bajarían primero, podría causar más de un conflicto. ¿Quiénes se encargarían de hacerla?
– Yo había pensado en el consejo de ancianos. Creo que ellos son los más adecuados y estoy seguro de que no pondrán ninguna objeción –dijo Pet apagando la luz del dormitorio–. Será mejor que nos durmamos ya, mañana me espera otro día muy entretenido.
– Pet, ¿has pensado presentarte voluntario para la primera expedición? –quiso saber Elena antes de dormirse.
– Eso es algo que tendremos que decidir los tres –contestó Pet después de pensarlo durante unos segundos–. No pienso dejaros solas a ti y a Eli aquí arriba. Ya lo hablaremos cuando llegue el momento.

Esa noche, Elena apenas pudo conciliar el sueño. A pesar de lo que le había dicho su marido, seguía pesándole demasiado la responsabilidad que tenía sobre esos jóvenes. Incluso ella misma empezaba a tener dudas cuanto más se acercaba el momento.
Sus alumnos la consideraban una persona segura de sí misma y decidida, la seguirían a donde fuera. ¿Y si los conducía a una muerte segura? O, lo que es peor, a una vida de sufrimiento y miserias, ¿podría vivir con esa carga sobre su conciencia? Al fin y al cabo todos ellos eran felices en la nave; aquí disponían de todo lo que podían necesitar, ¿acaso no es la felicidad el fin primordial que persigue todo ser humano?, ¿por qué arriesgarse en un futuro incierto? Sí, todos saben que la Parinirvana no va a durar siempre, y que en cualquier momento puede surgir algún problema que los conduzca a una catástrofe, pero también en cualquier planeta corren ese riesgo; ya sucedió en la Tierra, donde, que se sepa, hubo hasta seis extinciones masivas, contando con la última y definitiva para el ser humano.
Por otro lado, si dejaba escapar esta oportunidad, sabía que se arrepentiría durante toda su vida; igual que sabía que era conveniente que al menos bajaran la mitad de la población de la nave al planeta mientras que el resto deberían quedarse en ella. De esa forma la especie humana tendría el doble de posibilidades de sobrevivir por más tiempo o, incluso, de propagarse por más planetas de la Galaxia; si ellos habían conseguido llegar hasta allí, ¿por qué detenerse?, ¿acaso no tenían la obligación de seguir intentándolo?
Eso significaba que en la nave se tendrían que quedar mucha gente joven y personal suficientemente capacitado como para seguir manteniendo los niveles actuales de producción en todos los aspectos. Y entonces surgiría el siguiente problema, si la mayoría de la gente quiere bajar y, sobre todo, la gente más joven, ¿quién es ella ni nadie para intentar convencerles de que algunos se tienen que quedar? No se puede obligar a nadie a hacer algo que no desea, y mucho menos cuando se trata de algo tan trascendental para el resto de su vida.
Pero lo que más la inquietaba era el hecho de saber que, tanto Pet como ella, se encontraban entre las cincuenta personas mejor capacitadas para formar parte de la primera expedición. Y en el fondo, ella también sabía que su marido lo deseaba y no tardaría mucho en decírselo. Quería estar preparada para cuando llegara el momento; pero era tan difícil. Por un lado estaba el bien común de su especie, al que podía serle muy útil en ese planeta; y por otro lado estaba la seguridad de su familia y la de ella misma que le decía que era mejor esperar a que otros bajasen primero a comprobar la habitabilidad de ese mundo nuevo para ellos. En ese momento deseaba tener a alguien que decidiese por ella.

Fue a la mañana siguiente durante la hora de meditación a la que acostumbraba nada más levantarse, cuando le vinieron a la mente las siguientes palabras dichas por el Buda hacía más de cuatro mil quinientos años:
“No creas solamente porque te muestren el testimonio escrito por un antiguo sabio... y no creas nada sólo por autoridad de tus maestros o sacerdotes. Lo que debes aceptar como verdad y como guía de tu vida es lo que está de acuerdo con tu propio razonamiento y tu propia experiencia, después de haberlo investigado a fondo, y lo que sea una ayuda para tu bienestar y el de los otros seres vivientes”.
Entonces lo vio todo claro; debían de bajar los primeros, sin lugar a dudas. Ella misma lo había dicho cientos de veces, el gran problema de la humanidad en la Tierra, lo que les llevó al desastre, fue el hecho de sustituir el sentido común, lo que sus mentes les decía que estaba bien, por la comodidad y el bienestar personal a corto plazo. ¿Cuántas veces se habrían dicho en la Tierra “yo sé que esto no está bien, pero...me cuesta tanto”, o “estoy tan bien aquí ahora, ya lo harán otros”? y así les fue.
No podía permitir que eso mismo les ocurriera a ellos. En cuanto a sus alumnos, tenía que seguir como hasta ahora, enseñándoles a pensar por sí mismos; era la mejor forma de ayudarles.

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