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Prólogo

Año 2099; la población mundial alcanza ya los catorce mil millones de habitantes.
Debido al inminente agotamiento del petróleo y del gas natural sobre el año 2040, la Confederación Mundial de la Energía logró que se aprobara en ese mismo año la prospección, hasta entonces prohibida, de las regiones de Alaska y Siberia, consideradas hasta ese momento reservas naturales de la biosfera, las cuales había que proteger a toda costa, ya que, junto con lo poco que quedaba de la selva del Amazonas, constituían las únicas grandes zonas del planeta donde aún se podía ver fauna autóctona salvaje y libre del peligro que siempre supone la cercanía del ser humano. Los yacimientos fueron muy numerosos y cuantiosos asegurándose de nuevo el abastecimiento mundial durante al menos otros ciento cincuenta años. Sólo se necesitaron veinte para acabar con el hábitat antes mencionado y, por tanto, con las especies que lo habitaban, a pesar de todos los esfuerzos que se hicieron por evitarlo. Como siempre, todo era cuestión de prioridades.
Al mismo tiempo, se había permitido que una sola empresa se encargase de la explotación de estos nuevos yacimientos, consiguiendo así el monopolio total sobre la energía mundial una vez que se agotaron el resto de yacimientos repartidos por el resto del mundo. Los enormes intereses económicos que suponían dicha explotación, en manos de las más poderosas naciones del mundo, provocaron la caída en el desarrollo de las energías limpias alternativas, como la solar, la eólica o la obtenida del hidrógeno, precipitando de esta forma la destrucción del, ya por sí, maltrecho medioambiente.

En el presente, el setenta por ciento de la población mundial se concentra en los países desarrollados de Norteamérica, norte de Europa y Asia, por dos razones fundamentales:
La primera, debido al abandono paulatino por parte de los países desarrollados al tercer mundo, que se ha traducido en la desaparición total de gran parte de la población de África, Sudamérica y parte de Asia, debido a las hambrunas, epidemias y a las guerras entre pueblos por conseguir los, cada vez más escasos, recursos, como son el agua y las tierras cultivables. Los más afortunados han conseguido emigrar al norte, y muchos de ellos aún se dejan la vida en el intento.
En segundo lugar, debido al incremento de la temperatura, producido sobre todo por el continuo aumento de los gases de efecto invernadero vertidos a la atmósfera, y que han provocado la desertización de gran parte del planeta; la mitad de África, el sur de Europa y Asia, casi toda Oceanía y parte de Sudamérica se han convertido en regiones inhóspitas y tórridas donde sólo unos pocos son capaces de sobrevivir durante parte del año. Por otro lado, la deforestación paulatina del planeta a raíz de la constante búsqueda de tierras cultivables y de materia prima, también contribuyó a la precipitación del desastre climático; del bosque amazónico sólo queda un diez por ciento de lo que había hace cien años. Al igual que el aumento de la masa oceánica provocado por el masivo deshielo de los polos, invadiendo casi la totalidad de islas menores y penínsulas situadas en los límites de los bloques continentales con los océanos. Hasta hace sólo unos sesenta años, las zonas costeras eran las más pobladas del planeta; su rápida desaparición en apenas quince años, ocasionó una masiva emigración hacia el centro, desarrollándose de esta forma las grandes metrópolis de la actualidad.

En estas descomunales urbes la situación no es mucho más afortunada. La vida en los países desarrollados y civilizados se hace más insostenible por día. Las lluvias son cada año más escasas; los períodos de calor han aumentado hasta siete meses al año, en los que el aire se hace prácticamente irrespirable; el polvo y la contaminación agravan aún más la situación. Durante los restantes cinco meses, la poco agua que cae lo hace de forma torrencial o en nevadas muy intensas, lo que dificulta enormemente llevar una vida normal.
Todas estas adversidades climatológicas son combatidas convenientemente con la tecnología, que ha conseguido que el ciudadano medio se pueda adaptar a estas circunstancias tan extremas. Por ejemplo, las viviendas, cada vez más pequeñas y apiladas en enormes moles de hormigón y acero, se encuentran totalmente aisladas del exterior y climatizadas, al igual que todos los vehículos de transporte, ya sean colectivos o particulares.
La mayoría de los ciudadanos no necesitan pisar la calle para ir a los lugares de trabajo o centros comerciales a realizar sus compras y divertirse, ya que todos los edificios de las ciudades se encuentran enlazados unos con otros a través de los medios de transporte, convirtiendo a éstas en inmensas redes de carreteras y medios de comunicación.
Además, gran parte de la población no necesita salir de sus domicilios para nada gracias al teletrabajo, la telecompra y demás servicios ofrecidos a través de Internet, y que gracias a los cuales tienen en todo momento cubiertas todas sus necesidades, ya sean obligatorias o de ocio y entretenimiento. En definitiva, las ciudades se han transformado en poderosos ordenadores por donde circulan a cada instante billones de megabytes por segundo.

Los adelantos en la medicina han conseguido alargar la vida del individuo hasta los ciento treinta años aproximadamente. Claro que sólo de aquellos que tienen una posición acomodada o un trabajo estable. El resto pueden dar gracias si llegan a los cincuenta; la mayoría mueren antes de alcanzar la vejez por diversas causas, como neumonía, cáncer de piel, por algunas de las numerosas epidemias surgidas por el aumento de la temperatura o simplemente por el calor o el frío; sin contar con la falta de protección con que cuentan estas clases menos favorecidas y que facilita que se autodestruyan entre ellos mismos en la lucha por la supervivencia.
Aun así, la población mundial asciende a cerca de catorce mil millones de habitantes a los que hay que alimentar, transportar, abastecer, educar, curar, iluminar, entretener,...

La producción de alimentos básicos, como son la carne, frutas y verduras, se originan en inmensas naves de miles de kilómetros cuadrados donde podemos encontrar vacas, ovejas, cerdos o gallinas confinados en minúsculos compartimentos de apenas un metro cuadrado, o menos, para cada animal. O grandes extensiones de cultivo, también en recintos cerrados, convenientemente climatizados e iluminados con luz eléctrica y acondicionados para el fin que se persigue: la producción masiva de alimentos al menor coste posible. Ni que decir tiene que la ingeniería genética está muy presente en todo el proceso de producción para alcanzar los objetivos esperados.
Las grandes multinacionales dominan el cien por cien del mercado, dirigiendo a la sociedad a su antojo. Ellos determinan lo que hay que comer, vestir, con qué podemos entretenernos, donde debemos vivir, etcétera; no hay alternativa ni posibilidad de escape. También ellos definen quién vive y quién muere; desde que hace treinta y cinco años que el Senado de los Estados Desarrollados promulgase una ley que permitía a dichas compañías acceder al código genético de sus trabajadores, se les dio la potestad de decidir quienes podían ser aptos para trabajar y quienes no con solo un análisis de sus cromosomas. A estos últimos se les condena a una muerte segura en las calles, ya que sin trabajo tampoco tienen acceso a una vivienda ni a la salud pública, convirtiéndolos en delincuentes, parias de la sociedad, hasta que encuentran la muerte por algunas de las causas antes mencionadas, acabando así con su sufrimiento.
De todas formas, la gran mayoría de los ciudadanos no tienen problemas para encontrar un trabajo en una de estas grandes compañías, ya que el noventa por ciento de las parejas que deciden tener un hijo acuden a los genetistas que las mismas empresas ponen a su servicio, los cuales ya se encargarán de que ese bebé se convierta en un futuro obrero muy capaz de desempeñar las monótonas y aburridas tareas que se les encomiende.

En cuanto al agua potable, el ochenta por ciento se extrae del mar, utilizando potentes desaladoras repartidas por todas las zonas costeras, con el inconveniente de que éstas necesitan consumir una gran cantidad de energía para su funcionamiento; claro que esto sólo supondría un obstáculo en caso de que ésta desapareciese...
Tan sólo los más ancianos son capaces de recordar como, en su juventud, la gente acudía en masa a estas mismas playas, ocupadas ahora por la industria desaladora, o a otras ya desaparecidas, para divertirse y emplear así su espacio de ocio, algo impensable y totalmente imposible en la actualidad, donde esto sería un auténtico suicidio. De ahí que, los más jóvenes, observen dicha práctica de la antigüedad con asombro y cierta curiosidad.

4 comentarios:

La sola idea de que eso que escribes nos espere en un futuro me da un repelús... engancha, empecé y no he podido dejar de leer.

Felicidades, te leo.

5 de enero de 2009, 20:31  

Estoy de acuerdo que lo mejor de nuestro futuro será salir al exterior para formar familia en una de esas naves abastecedoras con toda la tecnología ecológica que no se aplica en el planeta.
Buena idea la tuya.
Hasta pronto

6 de enero de 2009, 9:21  

Leeré todos los capitulos de tu libro, el prologo engancha para seguir leyendo. ASí que cuando lo termine te daré mi humilde opinion. Un beso

6 de enero de 2009, 17:51  

querido pedro,soy mas apocaliptica aun aunque no lo creas no se si llegamos a esa fecha,alguien me dijo "pasamos 4 dimensiones vamos hacia la 5º son siete pasaremos",a veces no queremos ver ni escuchar pero va a pasar quizas esto a manera de novela haga recapacitar un poco te acuerdas de mar max?triste destino..excelente escritura le daria un toque de romance por ahi..cosas de mujeres ja
un abrazo

15 de marzo de 2009, 4:53  

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