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Capítulo V

Nave Parinirvana
Dos mil años después


– “...Nadie sabe lo que nos deparará el futuro”. Y esto es todo –concluyó Elena después de cerrar el diario que tenía entre sus manos.
– Una historia impresionante –contestó Pet–. Parece increíble que seres humanos como nosotros propiciaran los hechos que el capitán describe. Es una pena que en esas viejas cámaras de hibernación sólo se sobreviviera durante siete años; sería fascinante escuchar el relato de todo lo que ocurrió de su propia voz.
– Quizás sea mejor así; si esas cámaras funcionasen bien, igual no estaríamos aquí ni tú ni yo para escucharlo; recuerda que la nave tiene un límite de población muy estricto. Además, ya has oído lo que opinaba el capitán sobre esa absurda idea que tienen muchas personas de sobrepasar los límites de la muerte. Recuerda: nada es eterno, y así debe seguir siendo.
– Es verdad, como siempre, tienes razón. Pero hay dos cosas que me intrigan mucho del capitán Douglas. La primera es por qué se empeñaba en escribir en ese libro en vez de hacerlo como todo el mundo en una agenda digital; incluso en aquella época ya nadie utilizaba el papel, que yo sepa.
– Eso te lo puedo explicar –respondió Elena–. El capitán era una persona muy clásica; él tenía el convencimiento de que el desarrollo y las nuevas tecnologías aumentaban la desintegración de las personas y las alejaban cada vez más de la felicidad.
– Y ahora es cuando viene ese rollo de la felicidad con mayúsculas del que tanto te gusta hablar, ¿no es así? Supongo que lo aprendiste de él.
– Tranquilo cariño –continuó Elena un poco enojada–, ya sé lo que te aburren mis sermones. Y para que lo sepas, el capitán Douglas no pretendía dar ninguna lección con su diario, ya que, en primer lugar, lo que dices de la felicidad no se aprende, sino que se comprende, aunque dudo que entiendas la diferencia; y en segundo lugar es difícil aprender nada del capitán porque apenas dejó nada más escrito.
– No te enfades mujer, ya sabes que a mí en el fondo sí que me gusta escucharte. Por cierto, precisamente eso es lo segundo que me intriga de ese hombre. ¿Por qué dejó de escribir repentinamente? Que se sepa, vivió hasta los ciento veintiocho años.
– Sí, así es. Murió el trece de octubre del 2175 de la era terrestre o en el año setenta y cinco de la era espacial, como se le pasó a llamar después. No te puedo contestar a tu pregunta porque no lo sé. Supongo que sería porque no habría mucho más que escribir.
» Ten en cuenta que esto no es un diario en el que escribiera todos los días. Al parecer lo escribió todo en unos pocos días como mucho. Mi idea es que, después de cinco años viajando, pensó que sería mejor relatar todo lo que pasó en la Tierra para las futuras generaciones, antes de que se olvidara para siempre. Además todos los acontecimientos dignos de mención durante el vuelo aparecen en el diario de navegación tal como se sigue haciendo ahora. Y, aunque las imágenes están grabadas, supongo que él se fiaría más de la palabra escrita. Ésta permanecerá siempre inalterable frente a posibles pérdidas de energía, al contrario de lo que ocurre con cualquier registro electrónico, los cuales necesitan irremediablemente de la energía para poder ser consultados. Como ves, este hombre pensaba en todo.
– Se nota que lo admiras. Lo que no entiendo es cómo lo conoces tanto si apenas escribió nada.
– Él no –respondió Elena–; pero sí su hijo Martín, el que le sucedió en el cargo. No es que escribiese directamente sobre él, pero sí que hacía muchas alusiones a su padre en el diario de navegación. A través de esas grabaciones es como he podido comprender bien la naturaleza del capitán Douglas y su forma de pensar.
» Si lo admiro es porque era una persona de gran espiritualidad y de una virtud intachable. Si todo el mundo fuera como él no hubiera pasado lo que pasó en el planeta Tierra, te lo puedo asegurar.
– Y dime una cosa, si tan poco aprecio le tenía a la tecnología tu superhombre, ¿cómo demonios se convirtió en capitán del proyecto más moderno y ambicioso de todo el planeta? –replicó Pet sarcástico.
– Pues, en primer lugar, listillo, mi superhombre no era un simple ingeniero de radiotelescopios –contestó Elena aludiendo directamente a la labor que ejercía su marido–, sino que era ingeniero superior en física teórica y practica, siendo el primero de su promoción, había obtenido varios masteres sobre ingeniería espacial y además hablaba doce idiomas; era una de las personas mejor preparadas del mundo y con gran prestigio entre todos los ciudadanos por su implicación en proyectos de ayuda a los desamparados.
» Y en segundo lugar –continuó algo más seria Elena–, quiso hacerse cargo de la nave porque parecía que preveía un final así. Él sabía que en el planeta no podía hacer gran cosa por mejorarlo, estaba todo demasiado corrupto y dominado por el poder político y por las grandes empresas que controlaban el destino de cada ser humano; así que pensó que podía hacer de esta nave su pequeño proyecto personal.
» Para él la Parinirvana era como una especie de mini-ciudad a la que podría preservar de toda la corrupción y contaminación del planeta. De hecho, toda la tripulación y personal civil habían sido seleccionados por él personalmente. Tenía fama de ser muy duro e intransigente en las entrevistas y dejó fuera del proyecto a hombres muy importantes y bien preparados.
– Vaya, y eso por qué –preguntó Pet algo más interesado.
– Porque el capitán, más que en el currículo y en la preparación académica, se fijaba en la moralidad de las personas, en su forma de ser y en sus convicciones, sus creencias religiosas y cosas así. Su idea era crear un entorno donde no hicieran falta jefes ni gobernantes, sino que cada cual supiera lo que tenía que hacer en cada momento y cumpliera con su trabajo, simplemente, sin que nadie lo tuviera que controlar.
» Puede que a ti te parezca eso una tontería porque es a lo que nosotros estamos acostumbrados, pero en aquella época fue todo un logro, créeme.
– Quieres decir que nuestra filosofía de trabajo se la debemos a él ¿no es así? Pues bendito capitán Douglas; prometo a partir de ahora no volver a burlarme de él nunca más –comentó Pet con cierto aire irónico, aunque en el fondo, también sentía admiración por la labor del capitán Douglas.
– Me parece que he escuchado gemir a Eli –dijo Elena dándose la vuelta en la cama–; seguro que quiere ir al baño. Te toca a ti ahora, cariño.

La pequeña Eli, de tres años, era la hija de Pet, un joven de treinta y dos años, ingeniero de uno de los radiotelescopios de la nave, y de Elena, que con sólo veintiocho años de edad se había convertido en la historiadora mejor preparada de la Parinirvana; daba clases en la escuela de estudios superiores y se había ganado un gran prestigio en toda la nave gracias a sus numerosas charlas sobre los siglos XX y XXI de la era terrestre y los acontecimientos que desembocaron en la gran tragedia del planeta Tierra. Su innata curiosidad y temprana afición por la lectura, inculcada por su madre, la llevaron a leer todos los libros que se habían conservado en la nave tras su partida. Estos no eran muchos, pero sí de muy diversos temas, la mayoría seleccionados por el capitán Douglas para fomentar la lectura entre su tripulación; y junto con la innumerable cantidad de vídeos almacenados en los ordenadores, daban una idea bastante exacta de la historia del planeta Tierra.

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